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Una multitud de maltratadores guiará al toro desde la plaza del pueblo hasta un descampado, donde lo esperan, montados a caballo y ataviados con lanzas bien afiladas, un sínodo de no menos de 100 abyectos jinetes, ejemplo cada uno de ellos de la cobardía y de la infamia. Y ahí empieza la auténtica fiesta, cuando los bien armados héroes se dedican a hincar sus picas en los costados del morlaco, hasta que éste muere. En los estertores de la muerte un cretino participante en la matanza le amputa los testículos y se los otorga como trofeo a otro cretino, insigne caballero que ha tenido el honor de conseguir las más mortal de las lanzadas. Los ensartará en la punta de su arma y los exhibirá a la muchedumbre presente, admiradora de tan tierna representación.
Siento un profunda mezcla de tristeza y repugnancia porque esta exhibición de la barbarie esté declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional y que ninguna autoridad tenga la osadía de vetar tan lamentable ceremonia. Es una pena que en un país como el nuestro, tan rico y exuberante de manifestaciones artísticas, culturales y gastronómicas, se produzca un espectáculo de este calibre, que es un insulto a la inteligencia y un halago de la ignorancia y que a muchos ciudadanos nos provoca repugnancia y vergüenza ajena. Mi deseo, ya que no puedo hacer nada para evitar tamaña indignidad, es que el desdichado toro, antes de expirar, tenga la misma puntería que sus asesinos y consiga al menos meterle un cuerno bien profundo a alguno por donde amargan los pepinos.
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