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Pienso que no hay nada más insípido que la obtusa uniformidad de opiniones y de que deberíamos disfrutar de la discrepancia; la libertad de expresión respetuosa, no exenta de contundencia, es la base, el andamiaje sobre los que estriba una sociedad que presuma de democrática. Cada día que pasa, España se encuentra más polarizada, sumida en un ambiente efervescente y enrarecido. Los gobiernos teocráticos, totalitarios y autocráticos tienen como norma señalar con nombre y apellidos a quienes no les bailan el agua, ejemplos actuales: Irán, Venezuela y Nicaragua. Hace unos días, hemos visto al presidente del Gobierno señalando explícitamente a un periodista que no comulga con su ideario y lo critica sin acritud vez tras vez; no deja de ser una “tarjeta amarilla” que en caso de repetirse lo condenaría al ostracismo por divergir con el pensamiento imperante. Falta un cierre de filas, un corporativismo entre sus colegas de profesión, quienes en un futuro pudieran verse en la misma situación. “Y esto es esclavitud: no poder decir lo que piensas”. Eurípides dixit. La libertad de expresión no debe beneficiar solo a los serviles, sumisos y vasallos, gobierne quien gobierne. Debatir, disentir, esgrimir argumentos, etc., nos enriquece como sociedad; es un arco iris del que debemos enorgullecernos y no debe difuminarse. Es nuestro horizonte.
Francisco Javier Sáenz (Lasarte-Oria)
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