La Región
CARTAS AL DIRECTOR
Cuando descubrí la lectura
CARTAS AL DIRECTOR
“Alta es la noche y Morazán vigila./ ¿Es hoy, ayer, mañana? Tú lo sabes./ Cinta central, América angustura/ que los golpes azules de dos mares/ fueron haciendo, levantando en vilo/ cordilleras y plumas de esmeralda/ territorio, unidad, delgada diosa/ nacida en la espuma del combate”.
Francisco Morazán (3/10/1792-15/09/1842) fue un militar y político hondureño que llegó a presidir la efímera, 9 años, República Federal Centroamericana. Histórico personaje venerado por su pueblo. Su gesta militar en la independencia centroamericana contra España, y su figura política es de los pocos estudios, que recuerdo, cuando cursaba los primeros años de la primaria en la Escuela Pública Manuel Bonilla, La Lima en Honduras. Otro personaje de obligado estudio era Lempira, indígena, que luchó contra los conquistadores españoles, enviados por Hernán Cortés desde la Nueva España (hoy México).
Yo era el único alumno español en aquella escuela. Cada 15 de septiembre se celebraba en el recinto escolar el Día de la Independencia. La fecha representaba para mí una peculiar eucaristía, cuando asistía junto con mis compañeros al juego anual de reproducir la lucha del indio Lempira contra el conquistador español el Capitán Alonso de Cáceres. A este como español tenía que representarle yo enfrentado a la numerosa tropa autóctona. De ellos llegaba a recibir numerosas hostias como panes. Regresaba a casa hecho unos zorros. Allí ya me esperaba mi idolatrada niñera, Nicolasa, que me aguardaba desde una puerta no visible para mis padres, para limpiarme y cambiar de ropa. Evitaba, así, cualquier amonestación paterna.
Aprendí a leer, mi mayor y feliz descubrimiento, de la mano de la Señorita Montoya. En trueques, solía pedirme que le cantase la melodía española “Están clavadas dos cruces”. Llegué a pensar que aquella petición repetitiva suya era para consolarse de un abandono por pasado amante. ¿Si no a qué venía aquello de las dos cruces clavadas por dos amores muertos, en un monte llamado Olvido, o sea en el quinto pino?
Pero valió la pena de imitar a Antonio Molina, ante aquel desamor femenino, recibiría, más que un pasajero aplauso, mi pasión imperecedera por los libros. Y es que como dijo Jorge Luis Borges: “Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca”.
Abelardo Lorenzo (Ourense)
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