La política como espectáculo

La política no puede vivir sin la fama; el espectáculo crea y difunde la fama; acerca los personajes; los hace propios.

Se superpone así la percepción de una realidad mediática y la realidad de todos los demás. Existe una utopía comunicativa, compuesta por elementos emotivos, sensoriales y reflexivos que actúan de dinamizador entre individuos, grupos y sociedades. Por primera vez este sueño presente desde el Platón y Aristóteles coincide con unos medios técnicos capaces de materializarlo en el mundo global. Lo que nadie conoce apenas si existe. Ser visible, en la cultura de la imagen es una idea central que equivale a confirmar la existencia de un individuo al sacarle del anonimato. La sociedad, como lugar donde nos desarrollamos, crea la conciencia y conforma nuevas existencias individuales. La fama es la indumentaria vital del político que le caracteriza como ‘relevante’ ante los ojos de los demás. En todas las culturas el espectáculo ha servido al poder para distraer, para criticar, es ahora cuando la acción política se caracteriza como espacio integrado por la combinación de diversos factores como la fusión económico-estatal, el secreto generalizado, la falsedad sin réplica y un perpetuo presente.

El ‘poder’ mediante el espectáculo, publicita todos los medios de falsificación del conjunto de la producción, así como de la percepción, es amo absoluto del recuerdo, al igual que es dueño incontrolado de los proyectos que conforman el más lejano futuro. Reina en todas partes y ejecuta sus juicios sumarísimos. Nada tiene de extraño que el espectáculo sea tratado por algunos elementos diestros en la aventura de hacer caja, como factor de corrupción del espectador; le ofrece mercancía averiada, verdades a medias, mundos fugaces de ensueño, la aventura del riesgo como solución total.

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