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San Valentín debería vivir más de un día, porque el amor, cuando es verdadero, no entiende de calendarios ni de fechas marcadas en rojo. El amor no se deja encerrar en veinticuatro horas ni se conforma con un ramo de flores comprado a última hora o con palabras que despiertan solo una vez al año.
Amar es un acto cotidiano. Es recordar sin que nadie lo exija, cuidar sin esperar aplausos, escuchar incluso cuando el cansancio apremia, agradecer la presencia del otro sin necesitar una ocasión especial. Es la paciencia que se ejerce en silencio, la ternura que se ofrece en los días menos buenos, la fidelidad a los pequeños detalles que construyen los vínculos más profundos.
Quienes reservan el afecto para un solo día quizá no sean pobres de corazón, pero sí de constancia. El amor no se demuestra con gestos grandilocuentes que brillan un instante y luego se apagan; se demuestra con la luz persistente de lo simple, con la calidez de lo frecuente, con la honestidad de lo real.
Cada amanecer es una oportunidad para decir… “me importas”, cada conversación puede ser un acto de amor. Cada perdón, cada abrazo, cada palabra amable es una forma de celebrar aquello que San Valentín pretende honrar.
Si el amor es el lenguaje más noble del ser humano, ¿por qué limitarlo a un solo día? Tal vez el verdadero homenaje no sea esperar al catorce de febrero, sino vivir los trescientos sesenta y cinco días con la valentía de amar mejor, con más empatía, más generosidad, más verdad.
Porque el amor no debería ser una fecha o fechas; debería ser una forma de vivir.
José Manuel Varela Mosquera
(Ourense)
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