El silbido de la soledad

Publicado: 19 jul 2026 - 03:10
Cartas al director en La Región.
Cartas al director en La Región. | La Región

Amigas y amigos:

Un domingo de este tórrido verano ourensano, un amigo del cura le dijo al salir de la iglesia: “El próximo día, al final de la misa no digas: ‘Podéis ir en paz y que el Señor os acompañe’. Di: ‘Podéis ir en paz, aunque nadie os acompañe”. Porque la soledad es una estancia obligatoria para niños y jóvenes, para adultos y ancianos, en julio y en noviembre, en febrero y en mayo. El cura le contestó: ‘Tienes razón, pero ‘el Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes praderas me hace recostar…”.

Un anuncio de La Caixa nos grita estos días: “Alrededor de 3 millones de personas mayores sienten soledad en España. A menudo sin contárselo a nadie. Escucharlas puede ser el primer paso para que dejen de sufrir en silencio”. La escucha tiene un efecto terapéutico para la persona escuchada. El mejor calmante es una acogida de calidad y calidez. La lucha contra la soledad es una responsabilidad de todos. Porque todos estamos solos en la niñez acompañada, en la juventud imparable, en la madurez compartida y en la senectud aislada. El silbido de la soledad alcanza a todos, en todos los tiempos y en todos los lugares. Por eso, los sabios antiguos exclamaban: “Aunque camine por cañadas oscuras, Señor, nada temo, porque tú vas conmigo; tu vara y tu cayado me sostienen”.

Recuerdo haber leído hace algún tiempo en La Región: “La soledad persistente y no deseada afecta ya a 10.230 ourensanos. El problema, que afecta cada vez a más jóvenes, es muy evidente en mayores del rural”. Y Evelio Traba nos decía entonces que “la soledad de los mayores es un problema previsible, debido al aislamiento físico, la pérdida de allegados y la disminución de la movilidad”. José María Rodríguez Olaizola ha publicado en la editorial Sal Terrae un valioso libro titulado “Bailar con la soledad”. Sentirse acompañados es un don, y los dones se agradecen y se comparten.

Amigas y amigos, ante el frenesí de la palabra hueca, está el arte de escuchar nuestro sonoro silencio y el triste silencio de los otros. Y, con ese silencio en el cuerpo, en Auria, la aldea, la playa o la montaña, también nosotros exclamar: “Tu bondad y tu misericordia, Señor, me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en tu casa por años sin término”.

Adolfo Requejo Rodríguez (Ourense)

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