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CRÓNICA
Ourense salió a la calle en tromba, aunque no se produjeron aglomeraciones como en Salamanca, Madrid o Barcelona. Las imágenes que se repitieron en otras partes de España fueron aquí un poco más anecdóticas. Sin embargo, desde las 23,00 hasta las 2,00 horas de la primera noche sin toque de queda se sucedieron los botellones en la calle, cánticos y reyertas, al menos tres localizadas por este redactor en los minutos posteriores al cierre de los bares.
Donde no hubo problemas y la situación se mantuvo a rajatabla fue en la hostelería. Hasta las 23,00 horas, pese a la muchedumbre, el comportamiento fue genial. Los problemas vinieron después. "¡Y ahora a dónde carallo vamos!", exclamaba uno de los jóvenes exaltados al saber que se tenía que marchar del bar en pleno subidón. Y es que antes se cenaba primero y se bebía después. "Ahora las copas las tomamos desde las cuatro", confesaba un joven, que encaraba la medianoche como si estuviese a la puerta de un after.
Calles de los Vinos, a la una y media de la madrugada, sin bares.
En la praza Santa Eufemia, una tángana movilizaba a dos patrullas de la Nacional. A la misma hora, en las calles más altas de los Vinos un grupo se enzarzaba... El ambiente de las copas estaba cargado. La presión por el adelanto del cierre de bares dejaba estampas que otrora se verían solo a las 6 de la mañana.
Algunos bares de la rúa dos Fornos y Lepanto bajaban la persiana definitivamente a medianoche (hasta esa hora podían servir para llevar y a domicilio), pero la gente seguía en las callejuelas. "Como curramos hoxe!", confesaba una hostelera, aliviada ya, al cierre. La tienda china de la praza do Ferro ya había cerrado su puerta a los sedientos, mientras en torno a su histórica fuente los más jóvenes (también no tan jóvenes) apuraban litronas, licores varios y lo que surgiera.
Jóvenes en la praza do Ferro, a la una de la madrugada.
En las rúa do Paxaro y As Mercedes, más resguardados de los agentes de policía, que pasaban cada cinco minutos de ronda, otra turba se arremolinaba entre cánticos. Las bolsas que se acumulaban en el suelo daban buena fe de que la hostelería no estaba detrás de estos macrobotellones, que eran de todo menos improvisados. Algunos, en la rúa dos Fornos, sí eran clientes de los bares que, al verse expulsados por las restricciones horarias, improvisaban las últimas copas.
A medida que pasaban las horas, las calles se vaciaban, las casas empezaban a acoger fiestas todavía clandestinas y los más jóvenes desafiaban las normas hasta pasadas las dos de la madrugada desperdigados por las rúa Valle Inclán. Ni el claxon de los últimos en marchar podía con ellos. "¿Y ahora a dónde carallo vamos?", seguían preguntándose.
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