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INVESTIGACIÓN
Jonathan R.P., de 38 años, investigado por el homicidio de Evaristo Morín Machado, más conocido como Joaquín, el 4 de febrero de este año, ingresó en la prisión de Pereiro al mediodía de este miércoles. Poco antes, había reconocido ante el juez de instrucción Luis Doval haber dado muerte al hostelero, gerente del bar Novo en la calle Colón de la ciudad, con el cristal de una botella de agua mineral tras una fuerte discusión.
El detenido, profundamente abatido, confesó, tal como había hecho a las ocho de la tarde del día anterior en la sede policial e incluso ante un agente de la UDEV que participó en el dispositivo de detención cuando circulaba por Marcelo Macías. "Está totalmente arrepentido por los hechos cometidos", manifestó su abogada, quien alabó la investigación policial -"fue magnífica pese a los meses de confinamiento"- y "el buen trato" brindado al detenido, un hombre oriundo de Celanova que carece de antecedentes y que tenía la intención de vivir en el barrio de O Vinteún, en la ciudad.
La puesta a disposición judicial culmina después de algo más de tres meses en los que el equipo de Policía Judicial de la comisaría fue encajando piezas hasta llegar a Jonathan R.P., cliente del la víctima en el negocio del tráfico de drogas en el casco antiguo. El día de los hechos llamó por teléfono a Evaristo Morín, quien ya había cerrado el bar a las nueve de la noche, tal como acostumbraba, y quedaron en verse en el local (hay imágenes en las que se ve al hostelero en dirección al Novo). El imputado pretendía comprarle cocaína, pero el traficante no quiso fiarle más: ya le debía dinero, lo que dio origen a la discusión.
El detenido, antes de degollar a su proveedor, a las 22,10 horas le golpeó la cabeza con una pistola detonadora, que apareció en el registro practicado en la casa de su entorno familiar en Celanova, una de las claves del homicidio doloso. La utilización del arma se corroboró con un pequeño muelle del cargador que fue hallado en el inspección ocular en el escenario del crimen (en medio de un gran charco de sangre). El cadáver fue descubierto 22 horas después.
Posteriormente, se fue del local aunque dejó en el escenario vestigios biológicos (ADN), además de arrastrar el cadáver y tocar el interruptor de la luz (con sangre de la víctima pero sin huellas del homicida). El investigado también intentó complicar las pesquisas policiales al llevarse consigo las llaves del bar y el teléfono móvil de la víctima, que destruyó y arrojó en un paraje abrupto. El suyo lo había apagado para que la geolocalización no lo situara en el casco antiguo.
La víctima también dejó un rastro importante con los apuntes de su clientela. En su casa, aparecieron 105 gramos de cocaína y 12.685 euros. En el bar, una tablet y hojas con anotaciones. Un primer punto de partida que permitió enfocar a la Policía la investigación hacia la clientela a la que abastecía el hostelero.
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