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Rodion Pererodov (23 años) es un joven ucraniano que busca con urgencia una vivienda en Ourense. Su madre, su hermana y él están inscritos en un programa para establecerse en la provincia, pero tienen que lidiar con un obstáculo en el camino. Aunque les ofrecen ayudas para pagar un piso y más tarde les orientan para encontrar trabajo, la asociación establece como trámite necesario que ellos mismos encuentren un alquiler antes de expedir los papeles para que accedan a un empleo.
El joven, músico de profesión, llegó a la ciudad hace seis meses. Su caso no es como el de otros refugiados. Él partió de Ucrania un día antes de que estallase la guerra para tratar de iniciar una carrera aquí y para disfrutar de una mayor libertad en materia de derechos, dado que en su país “no existe una buena aceptación para los gays”.
Primero se estableció en Madrid y residió en un hotel de la Cruz Roja. La guerra ya estaba en pleno desarrollo y la ciudad en la que vivía su familia, Zaporiyia, fue completamente bombardeada. “Estaba muy preocupado, el peligro era extremo y ya no se podía trabajar porque todo estaba destruido”, explica Rodion. Así, traer a su madre y a su hermana se convirtió en una necesidad.
Una vez reunidos en territorio nacional, desde la capital les pusieron en contacto con la asociación Provivienda de Ourense, donde podrían ayudarles. Ahora, tras cinco meses, la familia necesita encontrar su propio alquiler para permanecer. Rodion conoció aquí a su pareja, Fabio, quien les ayuda a llamar a caseros e inmobiliarias. “En cuanto les dices que son ucranianos, muchos cuelgan el teléfono”, indica.
El joven señala que el rechazo es cansino: “No queremos ser okupas. Buscamos un alquiler por el que pagaríamos hasta 600 euros con comunidad incluida. Somos limpios, ordenados y no fumamos, pero ni siquiera nos dan una oportunidad para conocernos. Nos piden el contrato laboral que aún no tenemos”, explica Rodion. “En Kiev podías tardar cuatro días en encontrar una casa, pero aquí llevamos meses y todavía nada. Hay poca oferta y muchos requisitos. Creen que pagaremos durante un año a través de la organización y después dejaremos de hacerlo, pero no es así. Al ser ucranianos es imposible”, dice.
Rodion tiene estudios de canto, puede impartir ópera o pop y sabe interpretar en italiano. En su país trabajaba dando clases a niños en la escuela Open Arts y fue participante de varios concursos de canto, equivalentes a lo que aquí sería La Voz. Su deseo es ganarse la vida con la música, pero afirma que buscará también trabajos en tiendas de ropa u otros negocios para ganar dinero cuanto antes.
Aunque está aprendiendo español (y lo habla con fluidez) para él, la música es “un idioma universal”, en el que todo el mundo puede entenderse. Además, y sobre todo en tiempos de guerra, “es la mejor medicina para el alma y para reparar la cabeza”, dice.
Ser gay en Ucrania “hasta hace poco estaba muy mal visto”, señala Pererodov. “Los estereotipos eran la norma y se juzgaba a todo el mundo, eran palabras que no se podían usar”, recuerda el joven. Las relaciones entre personas del mismo sexo se despenalizaron en 1991, pero socialmente todavía continúan enfrentándose a la discriminación social. Además, no se pueden casar ni se les reconoce como parejas de hecho.
“Con las redes sociales se revirtió un poco el asunto. Parejas LGBT se alistaron en el ejército sin esconder su condición y eso cambió en cierto modo la opinión pública”, reflexiona este joven ucraniano sobre los derechos en su país.
Para él, vivir en España es una vía para vivir acorde a su realidad: “Me planteo quedarme aquí porque aunque me gustaría regresar a Ucrania, si en el futuro quiero casarme o tener hijos, aquí podría hacerlo”.
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