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LA NUEVA OURENSANÍA
Es tiempo de dejarse caer por las tiendas por empinada que sea la cuesta de enero, pasados los consumos propios de Papá Noel y los Reyes de Oriente. Ourensanos de aquí y del más allá tienen el bolsillo tiritando, pero nadie perdona la oportunidad de hacerse con alguna ganga o un súper chollo. Está no obstante el centro comercial Ponte Vella poco concurrido, para ser horario de comida y mientras en las calles diluvia.
No podemos evitar echar el ojo a unas bolsas coloridas que flotan en las manos de una joven sonriente, ambas parece que vuelan.
De Araure, ciudad colonial e histórica del estado Portuguesa, en Venezuela, llegó Gabriela Guerra hace dos años para vivir con su familia. “Mis tíos, que están en Sobrado do Bispo, llevan aquí ya tiempo”, aclara. Allá se estableció inicialmente esta alegre consumidora que hace poco se mudó a Ourense. “Ahora resido con mi pareja, por la zona de la universidad”, añade.
Cuenta que su región es llanera, apta para la agricultura y ganadería. “Justo ahora hubo una zafra de maíz”, revela al hilo de las cosechas en su tierra y la ingeniería agrónoma, profesión de su padre. Tambien que Araure es pequeña, “todo el mundo se conoce”. “Hace mucho calor en temporada de verano”, añade. Nos habla de un ecosistema en la cuenca del Orinoco con palabras que bien podrían aplicarse también a esta tierra, quizá por eso en parte, se adaptó a esto fácilmente. “Me acoplé rápido”, ratifica, a pesar de haber dejado allá a sus padres y hermanos. Del llano al valle, pensamos al escucharla, suena su migración a tonada.
“Soy camarera desde que llegué, primero trabajé en el bar del pueblo en Sobrado do Bispo, y ahora llevo un tiempo en una cafetería aquí en la capital”, revela. Pues bravo por Gabriela con sus veintiún añitos, bien merecidos esos caprichos si es que son para ella.
“Son todo señores pero muy bien”, dice sobre los vecinos de la parroquia barbadesa, hasta un colega hizo de setenta años que se llama Pepe. “Me ve como a una nieta”, explica contenta. Mencionamos a este José no porque le haya comprado caramelos, sino porque reconoce Gabriela que es su única verdadera amistad de esta tierra. “Mi círculo es con venezolanos, pero por casualidad, sucede que no tengo gente cercana de otros países”, aclara.
“Justamente me pescaron en las rebajas porque voy a mandar una caja a Venezuela”, confiesa. “Todos cumplimos este mes, mi madre, mis hermanos y yo, así que aprovecho y les envío regalitos”, añade. Opina Gabriela que es una excelente oportunidad para sus compatriotas para echar un cable a los suyos del otro lado del mar, comprando a precios más asequibles. En su caso además de “ropa, camisetas, pantalones y zapatos”, añade Gabriela unos detalles. “Compro 50-50”, comenta sobre la dicotomía entre comercio local y compra online, “por esto de probarse las cosas y tocar la tela”.
Se muestra Gabriela franca, desprejuiciada, seguidora en redes de la Nueva Ourensanía y mujer risueña. Le ruboriza hablar sobre sí misma, y gusto le cogió a que la llamen “miña nena”. “Fai frío miña nena”, oyó tantas veces allá en tierras de Sobrado, quizá mientras hacía en el bar una tortilla. “Me gusta mucho, ¡con cebolla!”, puntualiza, se ve que le enseñaron bien la receta.
A corto plazo tiene en mente sacarse el carnet de conducir, y quizá estudiar de nuevo. “Empecé fisioterapia en Venezuela pero al semestre lo dejé ante la posibilidad de venir para aquí”, confiesa. Qué diferente es labrarse un porvenir para un joven de allá respecto a uno de acá, la casa se construye de otra manera. “Siento cierta nostalgia pero no veía perspectiva… por cuestión transporte, situación país… ¿cuántos acaban los estudios?”, se pregunta, convencida de ese abandono (quizá no para siempre, quién sabe), de la carrera.
Marcha con sus bolsas tornasoladas Gabriela Guerra, mujer de paz y amante de los pequeños detalles (qué habrá en esas talegas). Le pedimos que nos envíe unas fotos extras para que completen el relato de su vida, pero se vuelve un poco caracol, y no la culpamos, bastante le hemos sacado en su día de fiesta. Con el posado Sex and the city que ilustra el interrogatorio ella y nosotras nos damos por satisfechas.
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