Obituario | Florencio Martínez Vázquez, ese enternecedor maestro ocupacional

DESPEDIDA

Chicho Outeiriño dedica unas emotivas palabras de despedida a Florencio de Arboiro.

Florencio Martínez Vázquez
Florencio Martínez Vázquez

Mucho tiempo hacía que ni coincidencias con Florencio, aunque él, en cada raro encuentro, me invitaba a que parase en su casa museo de Cachamuiña para ver una obra, de tan singular que no es dado contemplar, en la que parece que perdía más tiempo en aprovechar la bajada de los caudales de tantos ríos para proveerse de esos troncos que como emergidos presentan figuras mil, que cuanto más retorcidas más provocaban el convertirlas en obras de arte. Parecía como si Florencio no careciese de imaginación artística para acabar y dar expresión artística a tan variadas formas, pero que él trabajando con el latón fundido sobre las piezas le confería esa peculiar característica donde tan artesano como imaginativo, como también en sus broncíneas piezas. La afición acaso ya desde una infancia transcurrida entre los más que ríos, riachuelos, a donde iba en sus correrías para coleccionar relictos de raices y troncos con su vecino, como de él relata en un sentido obituario, su amigo Olegario Sotelo, editor, y escritor de las tierras caldelás.

Conocí a Florencio cuando un cuñado, Queco Otero, particular amigo suyo, me dijo: Te voy a presentar a un amigo que hace unas esculturas con la madera y el bronce que te van a pasmar, y así fue que subimos al entonces sanatorio psiquiátrico de Toén donde ejercía de maestro en el arte de trabajar la madera, a modo de docente de internos demenciados. Era difícil enmarcarlo profesionalmente, pero me impactó cuando me dijo que era terapeuta ocupacional, una novedad para mi, que en mi extrañeza traté de asimilar hasta que llegaron varios internos a su taller de todo y más carpintería que lucía toda clase de herramientas cortantes, incluso unas cuantas eléctricas, y mi extrañeza fue ver aquella colección que a cualquiera le parecería de una serie truculenta de Hitchcock, mas que nada por la accesibilidad de los enfermos o desequilibrados a tales útiles. Estando de charla en su taller entraron varios internos al despiste, que a veces ni sabían dónde estaban, y por unos minutos cogían un serrucho, una trencha, un serrucho, un martillo, mientras, nosotros, los visitantes, asistíamos temerosos a cualquier desequilibrante explosión. Y sucedía que nada más lejos de la realidad de una película de terror porque aunque inconstantes, estos alumnos hacían uso racional de la sierra, del martillo, la gubia, el cepillo o la garlopa, como el más avezado de los carpinteros, o si se me apura, de los ebanistas, tallistas u orfebres del hierro. La paz y seguridad que trasmitía el maestro ocupacional se reflejaba en un inconstante alumnado que ya se hacía más habitual en aquel espacio. Permanecimos sin desasosiego después, cuando fueron llegando otros muchos, algunos ya asentados y al oficio, otros de visita, los más de paso o saludo en aquella que nos pareció la mejor escuela para disminuidos psíquicos como, creo, luego reconocerían algunos psiquiatras y psicólogos en Toén ejercientes, y que corroboró ayer mismo en otro sentido obituario el Dr. Santalices, que había sido director del psiquiátrico, presidente hoy del Parlamento gallego, antaño, pues, médico ejerciente, que de cerca conocía a Florencio.

Podríamos situar al terapeuta ocupacional, figurando en las más altas esferas del escalafón del más exitoso de los enfermeros, por su benéfico trato con demenciados...y todo más que devenido de una humanidad que trascendía, que mucha era, dimanada de una afabilidad, cercanía y apacibilidad de carácter que de tan reposado, a nadie impasible dejaba, incluso a esos a los que creíamos insensibles a estas demostraciones.

No podía dejar de recordar a Florencio al pasar delante de su casa de Cachamuiña o de su taller de Arboiro, incluso cuando de ruta hacia las tierras caldelás, allá por el Eladio de las bicas en Sas de Penelas; desde allí una carretera local te lleva a Arboiro, natal aldea donde Florencio tomaría el sobrenombre artístico; obligado paso camino de A Moa o Moá, para bajar a Ribas de Sil o simplemente hacer una ruta por las inmediaciones, no dejaba de decirme a ver si encuentro a Florencio, pero nunca coincidíamos por mis intenciones de pillarlo al descuido de una inesperada visita. Como inesperado fue su tránsito cuando algo o mucho le quedaba por hacer; ese algo, que se crease un museo de interpretación de las itinerantes ruedas de paragüeros y afiladores que él rescato y restauró por más que docenas, centenares. Siempre nos quedará algo por acá cuando transitemos más allá de esta dimensión terrenal en la que nos desarrollamos, y Florencio pertenece a ésos a los que siempre queda algo por hacer, pero que se van dejando mucho para ser recordados.

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