David Alvarado
Ourense como laboratorio de extrema dereita populista
VÍA DE SERVICIO
Entre todas las reacciones suscitadas por el anuncio del presidente del Gobierno, acerca del proyecto -que ya se debate-, para la prohibición del acceso a las redes sociales a los menores de 16 años, la tipificación como delito de la manipulación de los algoritmos y la responsabilidad penal de los directivos de la plataformas digitales para que sean responsables de las infracciones cometidas en ellas, se han echado en falta las voces de condena hacia las invectivas e insultos que el dueño de ‘X’ ha dirigido a Pedro Sánchez, al que llamó “sucio, tirano y traidor al pueblo español” por sentirse directamente concernido tras las acusaciones de favorecer la desinformación, los bulos y la campañas de odio a través de su red social.
El ataque al titular de la presidencia del Gobierno tendría que haber sido respondido de la misma manera que hizo el expresidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, cuando el presidente venezolano Hugo Chávez, llamó “fascista” a José María Aznar y salió en su defensa, y el rey emérito, Juan Carlos I, pronunció el famoso “¿Por qué no te callas?”. Lo mismo habría que decirle por parte de los principales portavoces políticos en respuesta a los insultos y a las injerencias de Elon Musk en la vida política nacional. Pero cuando las ofensas y los improperios se han adueñado del debate político es poco probable que se produzca una reacción de condena, entre otros motivos porque actúan mediatizados por los propios mensajes ¿de odio? que imperan en las redes sociales.
manipulan los algoritmos para con ello dirigir a quién todavía carece de un espíritu crítico que le permita discernir la verdad de la mentira, y los bulos y la desinformación de lo que ocurre realmente.
Quienes ven en la iniciativa del Gobierno de prohibir el acceso a los menores a las redes sociales y de regular su funcionamiento -similar a la emprendida en otros países, y a las recomendaciones del Parlamento Europeo y la Comisión sobre los derechos digitales-, como un intento de censura o de limitación de la libertad de expresión conocen perfectamente el carácter adictivo y perjudicial de las redes sociales, por lo que resulta de un cinismo supremo que ahora clamen por la autorregulación de las grandes plataformas, -“un Estado fallido”, las definió Sánchez- cuando son conscientes de los problemas de salud mental que pueden originar en los menores, que favorecen la proliferación de mensajes antidemocráticos, y que manipulan los algoritmos para con ello dirigir a quién todavía carece de un espíritu crítico que le permita discernir la verdad de la mentira, y los bulos y la desinformación de lo que ocurre realmente.
Como en otros lugares se asiste ya a la lucha entre juristas y profesionales del tecnofeudalismo que defienden la actividad económica derivada de las redes sociales revistiéndola de defensa de la libertad de expresión, y quienes se preocupan por la salud mental de los jóvenes y de su evolución social no condicionada por las redes sociales; entre quienes defienden la ley de la selva y que el entorno digital es necesario para el crecimiento de los jóvenes y unos progenitores que necesitan un apoyo extra para contrarrestar la potencia de las redes sociales y la presión ambiental para imponer unos criterios que consideran beneficiosos para sus hijos. Los primeros rechazan las prohibiciones y afirman que quieren avanzar hacia un ecosistema digital seguro, pero han hecho muy poco por lograrlo y se han sentido impunes, mientras que los segundos esperan que los cortafuegos sean lo suficientemente eficaces para no generar más frustración.
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