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LA NUEVA OURENSANÍA
Cuenta Richard Alexander Peña Henríquez (Caracas, 1984), que existe en Venezuela una enfermedad infecciosa que se contagia a través del chipo, un insecto que porta en su intestino un parásito que pasadas décadas puede provocar terribles problemas cardiovasculares. “Es la enfermedad chagácica, es endémica en Latinoamérica”, aclara. Su padre falleció de ese mal cuando él estaba por cumplir nueve años. Al hilo de esta tragedia, sabemos sobre estas plagas tropicales. “Quizá por eso yo de pequeño quería ser cardiólogo, para sanar el corazón”, explicará minutos después con una media sonrisa de lado. Se nota que el doctor Peña está curado de tristezas, por eso puede hablarnos científicamente del pasado. Aterriza del sueño el profesional pragmático, con los años de estudio y la vida que va pasando. “Pasa que soy mejor quirúrgico que clínico”, reconoce Richard, que quiere estudiar para traumatólogo en España.
Méritos todos, los de este hombre, que estudió sus seis años de Medicina del otro lado del charco. “Afortunadamente la homologación fue muy rápida, me acogí a un nuevo decreto que daba respuesta en seis meses, y los planes de estudio son muy similares”, explica. Aún así tuvo que colegiarse en Santa Cruz de Tenerife para ahorrarse trámites que le obligaban a cruzar de nuevo el charco. “Trabajé en una superficie comercial, en una clínica estética captando clientes por teléfono…”, explica. Desarrolló también una trayectoria profesional alternativa Richard, antes de estar sentado con el fonendo colgando.
“Allá los primeros tres años son teóricos, luego ya vas directamente a hospitales”, aclara. “Tenemos que trabajar durante un año al menos en un entorno rural”, añade, por lo visto es una condición sine qua non, para poder ser un médico como Dios manda. Luego viene lo de la especialidad, que depende de la demanda de los centros hospitalarios. “No hay un MIR como tal”, relata.
“En un centro de salud allá tienes la estructura pero nada más, ni una gasa, por eso hacemos medicina muy clínica”, aclara. “La corrupción también ha calado en nuestro campo, a veces si tienes alguna amistad puedes conseguir alguna prueba”, añade.
“Era bastante precaria”, dice sobre su vida en Venezuela. “Como médico en el servicio público ganaba 30 dólares al mes, en clínicas privadas unos 300 o 400”, revela. “La cesta básica mensual ronda los 800, tienes que disminuir las proteínas”, explica sobre el día a día. Moraba Richard con su madre y su pensión de cuatro euros, y alguna ayuda del gobierno “para mantener la miseria”, Richard opina, a la vez que relata. “Arroz, pasta y arepas”, habla el doctor Peña sobre la obligada dieta del carbohidrato.
Empezó trabajando en nuestras tierras en Pobra de Trives y luego le movieron a la comarca de Verín. Estuvo Richard en Vilardevós, Vilaza, Cualedro, Laza y ahora Albarellos. “Cuando voy tengo la sensación de hogar, de vuelta casa”, dice sobre la Serra de Queixa, aún feliz residente de otra comarca. “Los pacientes son muy agradecidos”, dicen sobre sus tête à tête cotidianos. “Quieren cercanía, empatía, ser escuchados”, explica. “Desde mi punto de vista es parte de la medicina de familia”, dice el doctor Peña, que hace de humilde coach con nuestros ancianos. “A veces la soledad les hace creer enfermedades que no tienen”, comenta simpático.
“Tengo unos cinco o seis por encima de los cien años, en concreto una de 102 con mejor analítica que yo, no toma ni un medicamento”, revela encantado. “Y un paciente de 90 años que anda en bicicleta”, para más detalles sobre nuestros mayores, que a veces andan con “teimas a voltas” pero en general son lozanos.
“Fuchicar”, una palabra que le engatusa en gallego, y “dígocho eu”, expresiones que tiene presente para poder espetar, quizá en entornos no profesionales, o momentos desatados.
Intentamos imaginarlo sin bata, pero con ropa debajo, no queremos incomodar al doctor en su puesto de trabajo. “Playas cálidas”, extraña el doctor Peña de Venezuela, mientras suenan las alarmas en su horario. Desnudo no, pero al menos en bañador, hemos podido vislumbrarlo. Ya acabó la jornada del médico de aldea, pero de chapuzón nada. Ahí sigue el doctor de familia, ya sin pacientes pero picando datos.
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