La función anestésica de las mentiras

LOS LIBROS QUE LEO

"La partitura" es una potente novela juvenil que ahonda en temas polémicos como el límite entre la verdad y las ficciones convenientemente construidas. Una de sus tesis radica en la necesidad de pensamiento crítico en los más jóvenes frente al deslumbramiento de las apariencias.

Publicado: 06 ene 2026 - 05:55

Portada de "La partitura" (Edelvives, 2019) de Mónica Rodríguez
Portada de "La partitura" (Edelvives, 2019) de Mónica Rodríguez

Hay libros que toman la apariencia de un libro, pero no son tal cosa. Son pócimas alucinógenas que no se beben, se filtran por una grieta del cráneo. Es la sensación que me queda luego de haber leído "La partitura" (Edelvives, 2019) de la asturiana Mónica Rodríguez.

Tres noches después de haber colocado el volumen entre el aleteo apacible de mis otros libros, los escenarios, los personajes y sus sensaciones seguían relampagueando en mis sueños. La novela lleva el rótulo de “Narrativa Juvenil”, pero esto no es más que un hábil disfraz bajo el cual palpita una literatura agenérica, y salvaje que no entiende de barreras. Está bien que se lea a partir de una cierta edad, pero luego de esa prescripción, no hay límite.

Las respuestas reposan ocultas en el enorme cartapacio que va desde 1911 hasta 1970, atravesando España, Rusia y Mongolia

Es la historia de Marta, que trabaja como asistente en un geriátrico, y el abanico de relatos que se desprende desde lo que debería ser un desguace de ilusiones; pero esta no es más que la epidermis del argumento: bajo ella está el hallazgo de un manuscrito que a modo de memorias escribió Daniel Faura, un pianista anciano, que aferrándose a los últimos salientes rocosos de la lucidez, logra escalar el abismo de la demencia para reconstruir un pasado de muerte, orfandad y abandono, con la música como una especie de hada madrina feroz, que salva y devora a ese niño que en 1920 se queda a la deriva tras el asesinato de su madre.

El recuento vital de este Gandalf de la residencia, cuyo único acto racional ha sido tocar como un virtuoso un piano recién llegado, deslumbra a una Marta a quien él llama inexplicablemente “Sayá”. Las respuestas reposan ocultas en el enorme cartapacio que va desde 1911 hasta 1970, atravesando España, Rusia y Mongolia, como una especie de acordeón cuyos pliegues son la Primera Guerra Mundial, la Guerra Civil, la Segunda Guerra y la consolidación del comunismo tras la derrota de la Alemania nazi. Marta intenta curar sus heridas a través de la comprensión del dolor ajeno; siente a momentos que el abandono del que ha sido víctima es prácticamente nada en comparación con lo que le ha tocado atravesar a este hombre; al punto de solidarizarse con él, intentando cerrar capítulos que la muerte dejó inconclusos.

La solución más audaz de la novela no está en las animadísimas peripecias del supuesto héroe cuya bitácora nos hace avanzar y retroceder en el tiempo: la clave está en el testimonio de Sayá Sansar, en unas declaraciones que emplazan y resquebrajan el relato de Daniel Faura, el maestro de piano que la sacó de las estepas de Mongolia siendo una niña, y la convirtió en un fenómeno musical, a costa de ser su amante y su verdugo. Mónica Rodríguez ha escrito, un pequeño y vasto tratado sobre las miserias de la verdad y la función anestésica de las mentiras.

La pregunta de qué es el arte, y cómo reelaboramos nuestro dolor en nuestra relación con los otros, son cuestiones que están cifradas en el centro mismo de "La partitura". Creedme si os digo que hay libros que toman la apariencia de un libro, pero no son tal cosa.

Contenido patrocinado

stats