Evelio Traba
LOS LIBROS QUE LEO
Nunca es tarde para plantar jardines
LOS LIBROS QUE LEO
Un hombre casi octogenario, que diecisiete años atrás le ganara la batalla al cáncer, está en medio de su jardín. Mientras contempla sus tomates, pimientos y rosas, sabe que no estará la próxima primavera para ver estos prodigios de su amor por la vida. Pero esta idea del fin, lejos de aterrarle y entristecerle, lo llena de un éxtasis contemplativo, de una gratitud que sólo puede traducirse en germinaciones y frutos.
Esa voz con que no puede definir el milagro de la serenidad, se la ha prestado a su huerta. Lo veo de pie, apoyado de una azada con el torso descubierto y lleno de cicatrices. Pienso, no sé por qué, en Alberto Caeiro, el poeta campesino de Fernando Pessoa: “Para oír el viento que pasa, vale la pena haber nacido”. Tal vez sea porque en el fondo todos los mensajes auténticos y honestos, son el mismo mensaje.
Esta que acabo de reproducir es una de mis escenas predilectas de “El jardinero y la muerte” (Impedimenta, 2025) del narrador búlgaro Gueorgui Gospodínov. Se trata de un libro con una poderosa y singular fisonomía estética; no describe conspiraciones, ni crímenes macabros, es una novela, que alejándose de la literatura del duelo, al menos a mí me ha dejado una pregunta esencial: ¿Cuál es la verdadera derrota, la muerte cuando llega, o acaso una vida desprovista de propósito, mecánica y obediente al lenguaje de las conveniencias?
Es capaz de dotar a la sucesión desabrida de lo cotidiano, de un sabor único y raro
Aquí un hijo, el narrador, despliega un retrato de la relación con un padre desenfadado y tenaz cuyo empeño mayor es ir por la vida convirtiendo las ruinas en espacios habitables. Visto desde fuera parece un hombre tosco y elemental, pero a medida que nos vamos acercando a su mundo, y a la curiosa simbiosis con su jardín, descubrimos que el mundo no necesita malabares verbales ni promesas, sino actos trascendentes, capaces de reverberar en la memoria de los demás aún cuando la nuestra esté a punto de quedarse a oscuras.
Gospodínov, en el transcurso de estas páginas es capaz de dotar a la sucesión desabrida de lo cotidiano, de un sabor único y raro que parte de una conexión con los pequeños fenómenos vitales. Su carnavalización de la muerte no es solamente un ejercicio de ironía que arranca una que otra carcajada al lector; es un ejercicio literario que nos recuerda cuánta fuerza y sentido podríamos hallar en el simple reconocimiento de nuestra propia vulnerabilidad.
Curiosamente hay en esta obra una especie de comedia negra de la era socialista, donde lo importante sigue siendo la voluntad de no tomarse nada en serio, de mirar todos los encumbramientos jerárquicos como transitorios y en el fondo risibles. Para el patriarca moribundo de estas páginas, poderoso no es quien manda sino quien desobedece simulando que acata una orden. En todo caso, esta es una novela ideal para despertar esa voz interior que secretamente nos dice: nunca es tarde para plantar jardines.
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