OBITUARIO
O galeguismo de Pepe Cotarelo
OBITUARIO
Te has ido.
Y contigo, un velo que ya no necesitábamos.
La Muerte, esa cosechadora silenciosa que no distingue entre trigo y cizaña,
ha hecho una limpieza extraña.
Se llevó, en su sudario de lino oscuro,
la cutrería por momentos,
como polvo fino
barrido de los rincones del alma.
Los malos humores, esos guijarros negros que, de cuando en vez, herían la mañana,
los cargó a sus espaldas, como leña inútil.
Las salidas de tono, los rábanos picantes de la convivencia,
desaparecieron con el último aliento,
un leve equipaje de sombra que nunca más nos pertenecerá.
Ella, la barquera en la niebla, no ha zarpado vacía,
se ha llevado la escoria, el orujo amargo de los días grises.
Pero la Vida, esa ráfaga testaruda que aún late en nosotros,
ahora tiene un brillo distinto,
un metal puro.
Nos has dejado el amor por la familia,
ese ancla de oro forjado
que no se mueve con ninguna tormenta,
el mapa genético de la pertenencia.
Las risas, no como eco,
sino como manantiales subterráneos
que brotan sin permiso,
un licor dulce
que ahora bebemos en tu nombre.
La fuerza, esa columna de acero templado
invisible en el centro de la casa,
tu regalo final, tu herencia más potente.
Tu cuñada, no eres ausencia;
eres espacio que ocupaba el amor,
ahora tan denso,
todo lo pequeño y lo feo expulsando.
Una partida que fue un acto de alquimia,
y nos dejaste con la única tarea de ser la estirpe de tu alegría.
Tú música seguirá sonando...
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