OBITUARIO
O galeguismo de Pepe Cotarelo
OBITUARIO
Filósofo y sociólogo alemán, Jürgen Habermas representa una figura central de la segunda generación de la Escuela de Fráncfort, dedicó más de seis décadas a pensar la democracia, la racionalidad, el espacio público y las condiciones que permiten la convivencia en sociedades plurales.
Nacido en Düsseldorf en 1929, su infancia estuvo marcada por una malformación congénita del paladar que le dificultó el habla y lo llevó a valorar la comunicación escrita como vía privilegiada para relacionarse con el mundo. Creció en un país devastado por el nazismo y la guerra, un contexto que moldeó su sensibilidad hacia los peligros del autoritarismo y la importancia de una ciudadanía crítica. Tras estudiar en Gotinga, Zúrich y Bonn, se doctoró en 1954 y más tarde completó su habilitación en Marburgo. Su formación estuvo influida por pensadores como Theodor W. Adorno y Max Horkheimer, con quienes mantuvo un diálogo intelectual que, aunque crítico, resultó decisivo para su evolución.
Habermas se dio a conocer en los años sesenta con un estudio sobre la transformación de la esfera pública, donde analizaba el surgimiento de un espacio de discusión racional en la Europa moderna. A partir de ahí, su obra se expandió hacia una teoría general de la sociedad y de la comunicación. Su proyecto más ambicioso, la Teoría de la acción comunicativa, publicado en 1981, proponía que la racionalidad no debía entenderse solo como cálculo instrumental, sino como la capacidad de los individuos para llegar a entendimientos compartidos mediante el diálogo. Esta idea, que él mismo denominó giro comunicativo, se convirtió en uno de los pilares de su pensamiento y en una referencia obligada para la filosofía política contemporánea.
A lo largo de su carrera, Habermas defendió que la democracia solo puede sostenerse si existe un espacio público vivo, plural y crítico, donde los ciudadanos puedan deliberar en condiciones de igualdad. Su reflexión sobre la legitimidad del derecho, desarrollada en obras posteriores, insistía en que las normas solo pueden considerarse válidas si pueden ser aceptadas racionalmente por todos los afectados. Esta convicción lo llevó a intervenir con frecuencia en debates políticos y sociales, desde la reunificación alemana hasta la construcción europea, pasando por cuestiones éticas vinculadas a la biotecnología o la religión en las sociedades seculares.
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