La plaza de la biblioteca, un urbanismo de posibilidad

LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ

Publicado: 13 may 2026 - 05:40
La plaza de la biblioteca, un urbanismo de posibilidad
La plaza de la biblioteca, un urbanismo de posibilidad

Una ciudad son muchas ciudades al mismo tiempo. Están las ciudades ocultas por la fealdad (la arquitectónica y la de los pensamientos mediocres) y también las que florecen en rincones simultáneos, como esas plantas a las que le sienta mejor la sombra del porche y no saben nada de sus compañeras de jardín. Es hermoso pensar en la ciudad múltiple. Nos conviene pensarlo y habremos casi de invocarlo. Así podremos hacerle sitio a lo distinto y lo multiforme, que sirve de consuelo ante el derrumbe general. Hay una ciudad debajo, la del pasado subterráneo, y esta es la que verdaderamente pinza las carnes si logramos intuirla. En las ciudades pequeñas, los vecinos se conocen y se saludan, ven crecer y decrecer a las familias, cómo sucede el arco de la vida en este ratito incomprensible de la existencia. Cada generación pulula en los espacios que le tocan y los interviene como puede hasta que llegan, transformados, a los siguientes.

En las ciudades también sucede este fenómeno de la línea cambiante, un síndrome irreversible en el que cada generación experimenta una ciudad única, casi siempre peor, cuya idea se forma a partir de cómo la han conocido, con todas sus mutilaciones previas, con las malas decisiones de los anteriores, con sus tragedias blanqueadas por el tiempo. La amnesia hace que pérdidas enormes se vuelvan invisibles, porque nadie las vivió como pérdida: simplemente se camuflan en la cotidianeidad de los recién llegados, que hacen lo que pueden con lo que les toca. Esto pasa con un jardín decimonónico talado por ignorantes o con una dictadura silenciada por sus vencedores. Lo que deja de estar, lo que no se recuerda, lo que se olvida deliberadamente, termina por dejar de existir. En un puñado de años, una ciudad arbolada, apenas sin tráfico rodado, donde existía un vivo comercio local y la vida era sencilla se va convirtiendo en esta cosa paleta, ruidosa, insoportable.

Sin recordar el pasado, uno se acostumbra a vivir en un feódromo y acaba normalizando la mediocridad de superficie, la falta de espacios verdes, los edificios sin corazón, el urbanismo sin humanidad. Por eso, si alguna suerte de futuro tiene esta Auria nuestra, nos obliga a escudriñar el pasado y salvar lo que todavía está, que afortunadamente sigue siendo bastante, a pesar de la destrucción organizada de alcalduchos, constructores y nuevos ciudadanos sin recuerdos pero pagadores de IBI. Es complejo ejercer la memoria en una ciudad desmemoriada. Pero a veces la catástrofe tiene encarnaciones presentables. Es urgente acudir allí, como a la biblioteca pública, en San Francisco. En este montecito de privilegio, al que se le perpetró el crimen de arrancarle la iglesia y reconstruirla sin contexto junto al parque de san Lázaro, se han ido encarnando algunas estructuras nuevas (y fallidas, como el auditorio) y otras más bondadosas que nos hacen soñar.

La biblioteca pública es de estas últimas. Ella debería resumir el espíritu de la nueva Auria, con esa gran plaza a salvo del tráfico, donde el ojo sueña con perspectivas grandes y el espíritu domina sobre el vividero que se despliega. En este espacio grande, el aire cobra cuerpo y uno pierde la noción de estar donde está. Nos sentimos a salvo de todo lo demás. Funciona como una ciudad dentro de la ciudad, una posibilidad desconocida que, secretamente, nos hace desear que sucedan cosas, encuentros, culturas, como si los aires de novedad pudieran polinizar a todo el que venga aquí a la tarea hermosa de leer un libro de todos o a tumbarse en la hierba mientras cae la tarde. Este rincón nuevo trae cosas buenas. A veces es así.

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