Santi Carbones, el ourensano que convierte la hostelería en pasión
ENTREVISTA
La hostelería es su pasión. ¿Cuál es la clave de su éxito? “Poner alma, porque las bebidas son iguales para todos” y en verdad que ha triunfado
Vive en Madrid, nació en Barcelona, pero su tierra es O Bolo, donde pasó su infancia. Santiago Martínez montó su primer negocio en la Plaza de Santa Ana, en Madrid, en 1991. Era un local de copas en un bajo que antes había ocupado una carbonería. Le llamó Carbones. Alcanzó tanta popularidad que pronto empezaron a llamarle a él Santi Carbones. Empresario de éxito, principalmente en el sector hostelero, algunos de sus establecimientos se han convertido en verdaderos iconos, como “Válgame Dios”, en el barrio madrileño de Chueca, frecuentado por artistas, escritores y políticos, o “Carbones 13”, en la playa de Tarifa. Un éxito que no lo ha separado de sus orígenes y mantiene un vínculo permanente con Valdeorras a donde suele volver varias veces al año.
Barcelona, Madrid, O Bolo… es usted un hombre muy cosmopolita. ¿De dónde se siente?
Yo nací en Barcelona porque mis padres estaban trabajando allí. Pero pasé mi infancia, hasta los siete años con mis abuelos en Lentellais, O Bolo. De allí es mi madre. Mi padre era de otra parroquia, Santa Cruz, y allí pasábamos los veranos. A los siete años nos fuimos a , pero a partir de los nueve ya viví en Madrid. Yo me siento muy orgulloso de ser de O Bolo, de un rincón de la España olvidada, donde mi padre tenía unas viñas que ahora son de Rafael Palacios y con las que ha logrado nada menos que cien puntos Parker con un vino que elabora con uvas de allí.
¿Mantiene el vínculo con O Bolo?
Sí, claro. Mi madre todavía vive y yo cada mes y medio o dos meses me escapo a Lentellais a verla, a dar una vuelta y, de paso, a llenar la nevera con productos de allí. Y, sobre todo, disfrutar de aquella maravilla de tierra. He viajado algo por el mundo y ese es el único rincón en el que todavía puedes escuchar el silencio.
Tengo entendido que estudiaba fotografía, pero al final acabó en la hostelería.
Yo estudiaba fotografía, porque era un enamorado de la fotografía hasta que se cruzó en mi camino la hostelería y me enamoré de la hostelería desde muy jovencito y ahí sigo. Empecé trabajando en varios locales, como Viva Madrid, Vaivén y cuando me independicé monté el primero en un bajo, en la Plaza de Santa Ana, cerca de la calle Echegaray, que ocupaba anteriormente una carbonería, por eso le llamé Carbones.
¿Y de ahí viene Santi Carbones?
Sí. Mi madre me decía, “he visto en las revistas que te has quitado el apellido de tu padre”. Ya sabes como son las cosas en Madrid. Cuando decían “voy a ver a Santi”. “¿A qué Santi?”. “A Santi el de Carbones”, y lo de Santi el de Carbones acabó siendo Santi Carbones. La verdad es que no me desagrada, por la gracia de la anécdota. Por cierto, ahí sigue todavía Carbones, que ahora lo lleva mi hijo Marco.
Pilló usted una buena época de la Plaza de Santa Ana.
Tuve mucha suerte, porque en 1991 aquella zona revivió después de la movida de los ochenta. La gente tenía muchas ganas de vivir y de disfrutar. Ahora se ha vuelto de nuevo muy popular todo el barrio de Las Letras. En aquellos tiempos, en el teatro había dos funciones diarias y tenías a todos los actores en el bar. Era una época que se vivía mucho en la calle.
¿Cómo surgió la idea de montar otro Carbones en Tarifa?
Si te digo la verdad, era un tema que habíamos hablado Raquel (Meroño) y yo, con idea de tener un sitio en el que las niñas pudieran tener un lugar de veraneo en el que poder disfrutar de sus vacaciones con los mismos amigos, a los que ver crecer, como en la serie Verano Azul, cosa que yo no viví porque cada año nos íbamos a un sitio distinto de vacaciones. Y así surgió como un chiringuito.
Un chiringuito muy bien montado, en el que se grabó un episodio de Masterchef Celebrity de hace cuatro años, creo recordar.
Sí, fue el año en el que Raquel ganó Masterchef. Es un lugar que a mí me transmite mucho.
Al margen de Tarifa, Madrid sigue siendo su centro de operaciones, donde tiene más locales y todos de éxito.
Sí. Aquí tengo Válgame Dios, Sácame por Dios, que es un karaoke muy gracioso y El Amante que es como mi niño. Un club de música electrónica, muy bonito.
El Válgame Dios se ha convertido en un local de culto. periodistas, políticos, artistas…
La verdad es que hemos tenido suerte. Llevamos quince años con él y gracias a la vida o a quien tenga que agradecerle es un bar que tiene alma. A mí me gusta vender alma, sobre todo en un tiempo en el que la hostelería se ha convertido en un negocio en manos de fondos de inversión. Yo me entrego de lleno, dedico muchas horas a todo esto, pero entiendo la hostelería de otra manera. Para mí un bar, un local tiene que ser un sitio en el que transmitas felicidad. Trabajas 24 horas al día para eso, para sacar una sonrisa, alegría a la gente. Es lo que nos diferencia, porque las copas, las bebidas, son iguales en todas partes. La Coca cola es la misma.
Incluso aparece en un capítulo de “Paquita Salas”, donde por cierto también tuvo usted un papel. ¿Cómo surgió?
Javier Ambrosi y Belén Cuesta venían al Válgame Dios a trabajar cuando estaban preparando “La llamada” y decidieron rendirle un homenaje al local, incluyéndolo en un capítulo de la serie “Paquita Salas”. Yo tenía que salir haciendo de mí mismo. Fue una historia muy divertida porque ni me dieron guion ni nada. Javier me dijo, “tú haz de ti”. Y así fue. Que tengas un local y que la gente se lo pase bien, para mí es lo más importante.
Pero lo que le sucede a usted con sus negocios que todos triunfan no es lo habitual. ¿Dónde está el secreto?
En currar mucho y en tener empatía con la gente. Yo creo que trasmito buen rollo. También me encantaría controlar más la gestión. Pero en esta vida todo es imposible. Hay que ser sensatos.
El hecho de que su hijo haya decidido seguir sus pasos, imagino que tiene que ver con que le haya visto a usted feliz.
Claro, y me encanta. Pero también me encanta aprender cosas de él. Compartimos mucho, clientes, viajes, y un criterio muy parecido de la hostelería. Es muy hábil.
¿Ha pensado en ampliar su número de locales?
Sí. Me gustaría abrir un nuevo Carbones 13 con mi hijo Marco. Para abrir un nuevo negocio no solo hace falta dinero, también cariño e ilusión y en eso los dos somos bastante parecidos y los dos respetamos mucho nuestra profesión.
Es un trabajo duro, ¿Cómo se lleva eso?
Cuando te gusta es algo que no te preocupa tanto. Me da mucha pena la gente que dice “joder, me tengo que ir a currar”. Para mí es, como acudir a una obra de teatro y pienso “a ver qué público tengo hoy en la función de mi vida”. Me siento muy feliz con mi trabajo y también muy agradecido a mis hijos, Rafa, Marco, Daniela y Martina por estar ahí.
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