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BIOGRAFÍA
João da Nova nació en el Castillo de Maceda, (Ourense). Pertenecía a una familia noble cuyo destino se vio marcado por los conflictos de la época. En 1483, el castillo familiar sufrió una destrucción parcial, lo que obligó a sus miembros a dispersarse. La mayoría buscó refugio en Benavente, (actual provincia de Zamora), bajo la protección de la influyente familia Pimentel, mientras que unos pocos se establecieron en Pontevedra.
Durante su niñez vivió la época de la revuelta Irmandiña, que fue una revuelta social que tuvo lugar en Galicia entre 1467 y 1469, y que posiblemente fue la mayor revuelta europea del siglo XV. Comenzó en la primavera de 1467 en Galicia, en una situación de conflicto social, (hambre, epidemias y abusos por parte de la nobleza), y político, (guerra civil en Castilla). A Santa Irmandade, («La Santa Hermandad»), surgida y justificada por tal situación, se tornó en una revuelta como reacción a un sentimiento acumulado de agravio por los males y daños que el pueblo recibía de los nobles de las fortalezas.
Por este motivo, su padre decide refugiarse en Portugal, donde pronto destacó por su habilidad y servicio al reino. Su talento le valió el nombramiento como Alcaide menor de Lisboa en 1496, bajo el reinado de Manuel I de Portugal.
Como navegante, realizó diversas expediciones que lo llevaron a descubrir la isla de Santa Elena, que siglos más tarde se convertiría en el lugar de exilio de Napoleón Bonaparte.
Como navegante, realizó diversas expediciones que lo llevaron a descubrir la isla de Santa Elena, que siglos más tarde se convertiría en el lugar de exilio de Napoleón Bonaparte.
Además, se le atribuye haber alcanzado la mítica isla de Taprobana, hoy conocida como Sri Lanka, mencionada por los griegos y celebrada en los versos de Luis de Camões.
João da Nova navegó bajo el mando de Alfonso de Alburquerque, lo que lo relaciona indirectamente con Fernando de Magallanes, quien también serviría a este reconocido estratega portugués. Aunque no se sabe si ambos exploradores llegaron a conocerse, sí compartieron escenarios comunes en la expansión marítima ibérica.
El viento azotaba las velas de la Flor de la Mar, mientras João da Nova observaba el horizonte con el brillo de la ambición en los ojos. Desde el momento en que partió en su primera expedición, sabía que su destino no era simplemente llegar a la India, sino dejar una marca imborrable en los océanos del mundo.
Las aguas traicioneras del Atlántico lo llevaron a vislumbrar tierras desconocidas: la misteriosa isla de Ascensión, que no registró, y más tarde, la isla de Santa Elena, bautizada en honor a la santa cuyo espíritu protector parecía guiar sus travesías. Pero las maravillas no venían sin desafíos. En Cananor, su flota chocó con los temidos guerreros del Zamorín de Calicut, decididos a expulsar a los intrusos portugueses. Con valentía y estrategia, João da Nova lideró la resistencia, obteniendo la victoria en una de las primeras grandes batallas en el Océano Índico.
Los años pasaron, y con cada travesía el destino parecía jugar con él. Se enfrentó al furioso asedio de Mombasa, conquistando sus costas. Se cruzó con el intrépido Tristão da Cunha en la isla que llevaría su nombre, donde la lealtad de su amigo le salvó la vida. Pero la traición y la rivalidad acechaban sus pasos. Francisco de Almeida le negó el título de capitán general, y más tarde, Alfonso de Albuquerque lo humilló al ignorar su liderazgo. João da Nova no era un hombre que aceptara la derrota fácilmente, pero la adversidad parecía tener otros planes para él.
Herido, encarcelado, y arrastrado por intrigas, João da Nova demostró que su espíritu jamás se doblegaría. Participó en la mítica batalla de Diu, donde las aguas del Índico se tiñeron con la sangre de los enemigos que intentaban desafiar el dominio portugués.
La Flor de la Mar se convirtió en un símbolo de la supremacía naval lusitana, y su nombre quedó grabado en las memorias de la conquista lusitana, y su nombre quedó grabado en las memorias de la conquista.
Finalmente, el océano que le había dado todo reclamó su vida en Cochín, India. Pero el legado de João da Nova no murió con él. Sus descubrimientos, sus batallas, y su valentía permanecen en las brisas que recorren las costas que alguna vez exploró, en los mapas que trazó, y en la historia que escribió con su propia sangre y sudor.
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