Stéphane Lutier: "La fotografía tiene la capacidad de cruzar fronteras sin necesidad de traducción"

ENTREVISTA

El fotógrafo francés afincado en A Coruña es el autor de las fotografías de la muestra "Artesanía no Prato", que acaba de inaugurarse en la Casa de Galicia de Madrid, en la que el arte culinario y los saberes artesanales gallegos se entrelazan.

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El fotógrafo francés afincado en España Stéphane Lutier.jpg | IG (stephane_lutier)

Stéphane Lutier (París, 1973) se diplomó en Fotografía y Tratamiento de Imagen Digital en París. Tras trabajar como ayudante de estudio y técnico de laboratorio especializado en positivado en blanco y negro, se trasladó en 1998 a A Coruña, donde desarrolla varios proyectos en el ámbito de la publicidad, la arquitectura, el retrato, la gastronomía y el reportaje social.

En la Casa de Galicia en Madrid acaba de inaugurarse la exposición "Artesanía no Prato", promovida por la Fundación Artesanía de Galicia, con fotos de Lutier.

—¿Cómo surgió su vinculación con el proyecto y qué le atrajo de esta fusión entre artesanía y gastronomía?

Mi vinculación con el proyecto surgió de manera muy natural. Me contactaron desde la Fundación Artesanía de Galicia, con la que ya había colaborado, y llevaba tiempo trabajando con cocineros. La artesanía siempre me había interesado: desde hace años sigo de cerca el trabajo de los artesanos gallegos y de muchos chefs que entienden la cocina como una forma de arte. Cuando conocí más a fondo "Artesanía no Prato", me fascinó esa unión entre el objeto hecho a mano y la creación culinaria, dos lenguajes distintos pero con una misma raíz: el respeto por el tiempo, la materia y el territorio.

— Después de más de una década de recorrido del proyecto, ¿cómo cree que ha cambiado la mirada hacia la artesanía?

Creo que hoy se percibe la artesanía de una manera mucho más contemporánea. Ya no se la asocia únicamente con lo tradicional o lo nostálgico, sino también con la innovación, la sostenibilidad y la autenticidad. Los artesanos gallegos han sabido adaptarse sin perder su esencia, y el público valora cada vez más esa conexión entre lo hecho a mano y los valores culturales que representa. En ese sentido, la Fundación Artesanía de Galicia, con esta iniciativa pionera, ha sabido poner de manifiesto la estrecha relación entre cocineros y artesanos.

— En sus fotografías se percibe una fuerte conexión entre el objeto artesanal, el plato y el territorio ¿Cómo traduce visualmente esa relación entre arte, oficio y sabor?

Para mí, el territorio está presente en todo: en la textura de una cerámica, en el brillo de un metal trabajado o en los tonos de los ingredientes. Intento que la fotografía sea un puente entre esos mundos. Trabajo con una luz a la vez cuidada y sencilla, que resalte las materias y los volúmenes. En este proyecto he creado mis propios fondos, buscando texturas y tonos que armonicen con las piezas artesanales y las preparaciones culinarias. No se trata solo de documentar un objeto o una receta, sino de sugerir una atmósfera que conecte el gesto del artesano con la sensibilidad del cocinero.

—¿Cuál es su mayor desafío al captar la esencia de los oficios artesanos y el espíritu creativo de los chefs?

El mayor reto es encontrar el punto de equilibrio entre ambos universos. Mi trabajo consiste en lograr que dialoguen en una misma imagen sin que uno eclipse al otro.

—¿Qué papel juegan la luz, el color y la composición en la narrativa visual de esta muestra?

La luz es el hilo conductor de toda la serie. Busco una iluminación que evoque naturalidad, que acaricie las superficies y revele las huellas del trabajo manual. El reto está en que el conjunto tenga una función emocional, adecuando la luz, el color y la composición para establecer un diálogo entre artesanía y gastronomía. En cuanto a la composición, intento que cada fotografía tenga una estructura clara, que invite a mirar despacio, como se contempla una pieza artesanal o se saborea un buen plato.

—¿Qué destacaría del trabajo conjunto entre artesanos y cocineros?

Destacaría la complicidad que se genera entre ellos. Ambos comparten una misma sensibilidad: transformar la materia prima en una experiencia. El artesano concibe la pieza no solo como objeto, sino como parte de un ritual cotidiano; el cocinero la incorpora para servir una creación efímera que, sin embargo, deja huella.

—Artesanía no Prato ha adquirido repercusión internacional. Desde su punto de vista, ¿qué aporta la fotografía para consolidar esa proyección y a la imagen de Galicia en el mundo?

La fotografía tiene la capacidad de cruzar fronteras sin necesidad de traducción. Aporta visibilidad, emoción y memoria. En este proyecto creado por la Fundación Artesanía de Galicia, las imágenes ayudan a mostrar una Galicia contemporánea, creativa y profundamente conectada con sus raíces. Es una Galicia viva, que innova desde la tradición y que se reconoce en el trabajo bien hecho. Si mis fotografías contribuyen a reforzar esa imagen —la de una Galicia que crea, que inspira y que emociona—, me doy por satisfecho.

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