Cuando Julio Iglesias me llamó: recuerdos de una conversación
OPINIÓN
Una llamada inesperada, un concierto inolvidable y el recuerdo de una conversación que permanece intacta con el paso del tiempo. El autor rememora su encuentro con Julio Iglesias y reflexiona sobre la importancia de la lealtad y la memoria cuando las críticas arrecian.
En primer lugar, quiero agradecer a la revista HOLA la confianza que depositó en mí para poder contactar con Julio Iglesias en el año 2012, cuando tuve la oportunidad de mantener con él una agradable charla telefónica, facilitada en aquel momento por su secretaria, Gabriela.
Indudablemente, aquello no se debió a un interés especial de él hacia mi persona, sino a que yo venía de la mano del presidente Manuel Fraga Iribarne (E.P.D.), quien me ayudó a salir de Cuba, por ser hijo de gallego, el día 15 de enero de 2001. Jamás olvidaré esa fecha ni, por supuesto, a semejante hombre de honor.
El tiempo ha pasado y actualmente, entre otras cosas, me dedico a la apasionante labor de investigar y escribir para un medio de comunicación cuya línea editorial se centra en divulgar la labor y las actividades del cuerpo diplomático español en el exterior.
Hace unos meses nos despertábamos con la impactante noticia de la acusación contra Julio Iglesias, algo que me entristeció profundamente, sobre todo por la rapidez con la que a veces levantamos el dedo acusador y navegamos entre titulares de medios de comunicación sin una base sólida en el periodismo. Más aún cuando hablamos de un verdadero embajador de España como lo es Julio Iglesias.
Jamás habrá un cantante de habla hispana que supere a Julio. Actualmente, además, prepara un proyecto con la plataforma Netflix, que ofrece un servicio de streaming. Por eso resulta una verdadera pena que todo ese andamiaje haya sido fabricado Made in Spain, precisamente en su propia patria. Todo ello me recuerda un pasaje bíblico de Jesús en Lucas 4:24: «Os aseguro que ningún profeta es bien recibido en su patria».
Hoy me viene al recuerdo —como ya adelanté al comienzo de este artículo— su llamada, cuando yo me encontraba en mi residencia en Madrid. Como dije, fue una agradable conversación que se extendió más allá de la media hora, y él inició así: «Soy Julio Iglesias, paisano». Al escuchar mi acento me preguntó: «¿Eres cubano?». Y yo matizé: «Sí, soy cubano-gallego». Entonces me explicó que tenía familia lejana en la provincia de Santiago de Cuba.
Nos reímos recordando a Fraga cuando, en una ocasión en que se encontraron, el presidente le obsequió unos vinos gallegos que él mismo terminó bebiéndose. Don Manuel Fraga, hombre singular donde los haya.
Pude hablarle de la gran impresión que me causó cuando, siendo un niño de diez años en mi ciudad natal, Camagüey, fui por primera vez al cine El Encanto y vi su película La vida sigue igual. A partir de ese momento le pedí a mi madre que me llevara a verla nuevamente, y así casi diez veces. Quedé impactado, y allí nació mi sueño —que con el tiempo se haría realidad— de venir a España, teniendo a Galicia como primer destino.
Aprovechando aquella conversación, no dudé en pedirle a Julio poder asistir a uno de sus conciertos y, como el hombre afable que es, me invitó al que ofrecería en Cambados con motivo de la Fiesta Anual del Albariño. Corría el año 2012 y así fue: acudí a la Plaza de Fefiñáns.
Allí me esperaba un asiento preferente a mi nombre, junto a A. Fernández Tapias (E.P.D.), destacado naviero gallego y vicepresidente del Real Madrid; Fernando Ónega, excelente periodista al que pude conocer en una actividad anual de la Orden Enxebre da Vieira; y Rafael Louzán, quien entonces era presidente de la Diputación de Pontevedra y hoy preside la Real Federación Española de Fútbol.
Al finalizar su espléndida actuación pude saludarle en el backstage. Me recibió con dos besos y recuerdo que dijo: «Aquí está el cubano de Don Manuel Fraga». Estábamos felices por el encuentro y pude comprobar de primera mano su sencillez y su amabilidad. Hoy, en cambio, hay algunos a los que no hay quien les sople.
También me presentó a su bajista cubano, residente en el estado de San Francisco, en los Estados Unidos. Era una noche gallega indescriptible, con una temperatura especial y el reflejo de una luna que alumbraba no solo O Grove, sino también las Rías Baixas.
Siempre me quedará grabado un bonito mensaje que me dijo aquella noche: «Cubano, mira siempre más allá del Atlántico». Y eso es lo que hago, y lo que seguiré haciendo.
Termino. Hoy levanto mi voz en defensa de un amigo. Los verdaderos se conocen cuando la candela está hirviendo; los conocidos callan y se ponen de costado. Por eso me gusta esta canción de Julio: Vuela, amigo, vuela alto. Tienes mi apoyo desde el Reino de España.
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