“He respirado”: Montserrat Marí relata desde Japón la amenaza del tsunami tras el terremoto de magnitud 8,8 de Kamchatka

TERREMOTO EN KAMCHATKA

El potente seísmo ha activado alertas en todo el Pacífico. Desde Osaka, Montserrat Marí, describe el miedo, la incertidumbre y la calma tensa con la que se vive una nueva emergencia natural en un país preparado, pero siempre vulnerable.

En la imagen, Montserrat Marí, presidenta de la Federació Internacional d'Entitats Catalanes (FIEC)
En la imagen, Montserrat Marí, presidenta de la Federació Internacional d'Entitats Catalanes (FIEC) | La Región Internacional

La pasada madrugada un potente terremoto de magnitud 8,8 ha sacudido la península de Kamchatka, en el extremo oriental de Rusia, provocando la activación inmediata de alertas de tsunami en diversas zonas del Pacífico, incluida gran parte de la costa japonesa. Aunque los efectos no han alcanzado la devastación temida, la amenaza ha sido real y ha despertado recuerdos todavía muy presentes, como el del tsunami de 2011 que arrasó el noreste de Japón tras otro seísmo de gran magnitud.

Montserrat Marí reside en Osaka desde hace décadas y es presidenta de la Federació Internacional d’Entitats Catalanes (FIEC). Me he levantado y he puesto la tele mientras preparaba el desayuno, y ya he visto la típica pantalla de emergencia que sale en Japón cuando hay un desastre que requiera acción o cuidado por parte de la población”, explica.

Acostumbrada a los temblores frecuentes, confiesa que su primer pensamiento fue que se trataba de otro terremoto local. “Una experiencia siempre aterradora para alguien no acostumbrado a los temblores de la tierra, sobre todo por las réplicas que se hacen inacabables y son motivo de gran estrés”.

Pero pronto descubrió que la emergencia es de otra naturaleza, ya que el peligro no está en la tierra que tiembla, sino en el mar que avanza. La alerta de tsunami se activó a más de 1.400 kilómetros de costa oriental japonesa, con previsiones iniciales de olas de hasta 3 metros en las zonas más expuestas. En Osaka, donde reside esta catalana, las autoridades estiman una altura posible de un metro.

He respirado”, afirma. “A pesar de que hay que tomar muy en serio a la madre naturaleza y sus arrebatos, el tsunami no parecía ni ser comparable con el que hubo en el 2011 en el noreste de Japón, donde las olas llegaron a 40 metros y arrasaron poblaciones enteras”.

Marí destaca varios factores que han contribuido a cierta tranquilidad entre la población. Por una parte, la ausencia de la alarma automática que llega a todos los teléfonos móviles en situaciones de emergencia —una señal inconfundible que, esta vez, no ha sonado—, la falta de comunicación directa desde la Embajada española, y el silencio inusual de sus amistades en el extranjero. “Mis amigos no me llamaron como hicieron en 1995 al darse cuenta de la magnitud del Gran Terremoto de Awaji Hanshin”, rememora.

Aun así, la calma es relativa. En Japón, la memoria de los desastres está siempre latente. La cobertura mediática ha sido inmediata y constante, con recomendaciones claras para la población costera como alejarse del mar, dirigirse a zonas elevadas y seguir las instrucciones de las autoridades. La Embajada de España en Japón también ha emitido un comunicado oficial en el que pide a los ciudadanos españoles que se mantengan informados y obedezcan todas las indicaciones locales.

“La amenaza era silenciosa y venía despacio, superando las elevaciones submarinas que retrasaban su avance. Los medios lo han puesto en primera página y desde el principio se ha recomendado a los habitantes o visitantes de las zonas costeras que se refugiaran a toda prisa en zonas elevadas. Pero ya entrada la tarde vemos que los efectos no han sido tan graves como podrían haber sido, aunque sigamos alerta”, relata Montserrat.

A pesar de la aparente contención del fenómeno, la incertidumbre persiste. “Hasta mañana, todo es posible”, advierte. Y recuerda una verdad que los habitantes del archipiélago interiorizan desde el primer día: “El Global Peace Index ha clasificado Japón en la décima posición de los países más seguros del mundo, pero todos los que vivimos aquí sabemos que estamos sentados sobre un polvorín. La naturaleza no pide permiso ni avisa antes de desatar su furia”.

Montserrat Marí, dejó Barcelona en los años 70 en busca de otros horizontes y los encontró a 10.000 kilómetros, en Japón. En Osaka, fundó el primer centro catalán oficialmente reconocido en el país. Hoy, más de cuatro décadas después, sigue en primera línea como referente de la comunidad catalana en Asia y como testigo directo de un país donde la seguridad y el riesgo conviven cada día.

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