Manuel González, el gallego que nació con alas
Biografías
Aviador en Argentina, a su regreso a su Entrimo natal, fundó la primera empresa de autobuses que conectó su pueblo, Bande y Celanova con el centro de Ourense
Manuel González nació en Entrimo en 1888, una tierra del interior gallego —cobijada por la majestuosa Serra do Xurés y bañada por el río Limia, de profundas raíces campesinas y alma emigrante— que dejó atrás a los 13 años cuando emigró solo hacia el Río de la Plata con el único sueño de aprender mecánica. Aquel joven ourensano pronto demostró una habilidad extraordinaria con los motores en Buenos Aires, destacando primero en el sector automotor y convirtiéndose después en un pionero indispensable para interpretar los planos e intervenir en el montaje y mantenimiento de los primeros aeroplanos que llegaban desarmados desde Francia en cajones de madera.
Mientras su fama crecía, ingresó como aprendiz en el aeródromo de Villa Lugano y comenzó sus prácticas de vuelo. En 1913 realizó con destreza un trayecto de ida y vuelta hasta la Basílica de Luján —un viaje de 120 kilómetros considerado entonces como una travesía de alto riesgo—, y en 1914 obtuvo su registro oficial tras aprobar el examen del Aero Club Argentino. Con su credencial en mano, se convirtió en uno de los primeros pilotos de pruebas del país e instructor de vuelo para militares y civiles, lo que lo obligaba recorrer a diario varias horas en tranvía y cuatro kilómetros a pie entre pantanos para llegar a la pista.
Al mando de su propio biplano tipo Farman, al que bautizó La Reina, recorrió Argentina realizando exhibiciones y acrobacias en las que ponía a prueba su valentía en múltiples ocasiones. Tras sufrir un fallo de motor en Santa Fe, pasó toda la noche bajo temperaturas heladas arreglando solo el avión en un campo inhóspito. A la mañana siguiente, otra avería y un choque contra una vaca le destruyeron la cola del aparato; aun así, despegó de nuevo, perdió una rueda en pleno vuelo y logró aterrizar sano y salvo en Arrecifes ante el entusiasmo de los vecinos. Poco después, durante un vuelo de exhibición con Basilio Álvarez Rodríguez, el célebre cura de Beiro y líder del movimiento agrario gallego, un nuevo fallo apagó el motor en plena acrobacia: Manuel inclinó la nave de costado para amortiguar el impacto contra el suelo y salvar la vida de ambos. Tras el incidente, la crónica del diario La Nación lo inmortalizó con el apodo que lo acompañaría siempre: "el gallego que nació con alas".
Su consagración definitiva llegó el 19 de marzo de 1915 a las 17:00 horas, en un evento promocionado como un show aéreo a orillas del río en el balneario de Quilmes —auspiciado por el café importado Mogyana y con pasajes de tren y tranvía reforzados para la multitud—. Ningún piloto se animaba a llevar al inventor almeriense Carlos Greco, quien quería probar su pesado paracaídas de tela gruesa y armazón metálico, pero Manuel aceptó el reto. Ascendió hasta los mil metros de altura y, cuando Greco se arrojó al vacío, inclinó bruscamente los controles hacia la izquierda colocándose peligrosamente en vertical para compensar la pérdida de peso y evitar la caída fatal del aparato. Tras recuperar la posición y aterrizar con éxito, ambos firmaron el primer salto en paracaídas de la historia aeronáutica argentina.
Vuelta a Galicia
Manuel se casó con Celia Lavarello, miembro de una familia de la aristocracia porteña a quien conoció siendo su chófer, y ambos viajaron a Galicia debido al preocupante estado de salud de sus padres. Tras su fallecimiento, la pareja decidió asentarse para siempre en Entrimo, cuyas aldeas de piedra y arraigada tradición comunitaria no solo custodian la memoria de sus gentes, sino que fueron también el refugio al que siempre regresó su ilustre aviador.
Allí Celia se integró rápidamente como una lugareña más y tuvieron cuatro hijos. Lejos de las pistas de aterrizaje, Manuel aplicó su espíritu emprendedor a la vida rural: trabajó la tierra heredada, ejerció tareas de mecánica agrícola y fundó La Competencia, la primera empresa de autobuses que conectó Entrimo, Bande y Celanova con el centro de Ourense. Aunque siempre tuvo el sueño de volver a volar en Buenos Aires, una cruel neumonía acabó con su vida en 1927 con solo 39 años.
Hoy sus restos descansan en el cementerio de Ferreiros, en su Entrimo natal, donde los vecinos se acercaron en masa para despedir al hombre que llevó el nombre de su pueblo a las páginas doradas de la aviación.
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