Mariluz Villar
MUJERES
Todo genial
HISTORIAS INCREÍBLES
Estoy casi seguro de que lo recuerdas. La verdad es que nos pasábamos la vida en las nubes. El profesor me preguntaba inesperadamente y me encontraba en orsay, y me dejaba helado frente a toda la clase con su frase: “Tú estás en las nubes”. Pero…es verdad, he de reconocer que desde siempre me paso el tiempo en las nubes.
Pero las nubes no bajan, así como así del cielo, sino que hay que tejerlas. Tomaba un pensamiento…supongamos “tu nombre” y con eso y el bocata de mortadela, se me pasaba la mañana. Si, por un casual, te tropezaba y me decías ¡hola! se me producía un cataclismo, un temblor muy superior a los siete grados en la escala de Richter.
Durante unos sesenta minutos no estaba para nada, tampoco para nadie, sólo para ti… y subía al séptimo cielo y luego bajaba de repente y me estrellaba contra tu libro de Geografía e Historia en el que, me parecía, que tú también dormitabas. Qué tiempos aquellos. Bueno…ya son cuarenta y dos años subidos en esta capa de nubosidades blancas.
Las personas que hacemos malabares con las palabras, me refiero a los escritores de pacotilla, solemos dar por sentado que las nubes son de algodón.
Pero, a lo mejor, no lo son y yo eso lo he dado por seguro, sin otro fundamento, que lo que siento cuando me miras. Entonces me pones el corazón a rpm 2.500, y me siento, aún hoy, ahora mismo, como una libélula dando tumbos y balanceos. Allí, claro, están las nubes. Y cómo han de ser ellas, las nubes, hechas de amores apretujados, sino de ese algodón dulzón que me vende la señora de la fiesta, aquella del mandilón estampado.
Me he fijado cómo lo hace. Primero el azúcar. Luego el calor. Y al derretirse, con una maquinita, arroja las fibras dulzonas a un recipiente grande y acogedor. ¿Ves lo que te digo? Primero llegas con ese vaquero todo roto y estrafalario y con esa blusa que te regalaron en un banco… y es en ese momento cuando el pequeño motor del corazón se pone a crear, a tu redor, mi mundo imaginario, un mundo bien guapo.
Ya sé que tus cabellos, aunque no creo en el paso del tiempo, perdieron el brillo de aquellos bucles que se ensortijaban cayéndote tan naturales sobre el rostro. Pero no has perdido ni una pizca de tu salero, de tu saber estar, de tu gracejo, y luces esos cabellos blancos como una reina de corazones. No te rías. Te lo prometo.
Si yo fuese, que no lo soy en absoluto, un poeta con currículum de un montón de premios, con libros editados con pastas duras, un Pulitzer, por ejemplo… si supiese hacer un soneto, un sonetillo, o un soneto con estrambote, te juro que ya te lo hubiese hecho.
Si, directamente y sin tapujos, te preguntase si las nubes son de algodón, no es que te rieses de mí, es que te partirías el pecho. Porque vosotras, las mujeres que conozco, nos dais pan con ondas en esto de los sentimientos. Y nada ñoñas, sabéis decir, lo que hay que decir sin tantos titubeos.
Nosotros, en cambio, para deciros “amor”… vamos y venimos y volvemos a movernos por todos los recovecos. Y somos tan tontos, yo el primero, que nos derretimos, por una mirada como esa tuya que me transporta de un brinco, a Dios gracias, al cielo.
Sigo soñando despierto.
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