La ourensana Mariela Álvarez vivió una madrugada interminable en Venezuela por el terremoto: "Se sintió tan fuerte y fue tan devastador"
DE LA CALMA AL PÁNICO
De la calma de un día festivo al pánico. La ourensana Mariela Álvarez, hija de la emigración, relata las angustiosas horas posteriores al doble sismo, en las que tuvo que acoger en su casa de planta baja a muchos amigos a los que sus pisos se les venían abajo.
En Venezuela era un día feriado, no se trabajaba”. La tarde del miércoles transcurría con la lentitud propia de un festivo hasta que los teléfonos móviles dictaron sentencia. Faltaban unos minutos para las seis de la tarde cuando la pantalla del celular de Mariela Álvarez, venezolana con estrechos lazos familiares en Ourense donde reside toda su familia, se iluminó con una alerta. Era un aviso de prevención por un posible sismo fuerte.
“No pasaron ni diez segundos y ya empezamos a sentir cómo la tierra se estremecía”, relata. Esa cuenta atrás, apenas un parpadeo de margen, es todo lo que separó la normalidad del caos. Desde su vivienda de Caracas, Mariela experimentó en primera persona una violencia inédita en la memoria reciente del país. “Fue horrible. De verdad fue una sensación muy fea, muy fuerte. Nosotros en Venezuela nunca habíamos sentido temblores así”, confiesa con la voz aún marcada por el agotamiento de quien apenas ha logrado cerrar los ojos a las siete de la mañana del día siguiente.
La magnitud de la tragedia cobró pleno sentido para los vecinos cuando comprendieron la inusitada violencia del fenómeno. La pesadilla de Mariela y sus compatriotas se multiplicó al confirmarse que no se trató de un único impacto, sino de una sacudida doble. “Hubo dos terremotos seguidos. Uno de 7.2 y, a los segundos, otro de 7.5”, relata la ourensana. Esa concatenación de fuerzas fue la clave del desastre que sacudió al país: “Eso creo que fue lo peor... se unieron dos terremotos y por eso se sintió tan fuerte y fue tan devastador”.
Hogares vacíos
El instinto de supervivencia vació los hogares en cuestión de segundos. En la urbanización privada donde reside Mariela, los vecinos se agolparon en las calles buscando refugio, huyendo de unos techos que amenazaban con ceder. Al regresar al interior, tras el fuerte susto de las dos sacudidas consecutivas, empezaron a comprobar los desperfectos en casa: “Se habían caído los envases que estaban en el baño, los platos del mueble...”. Pequeños desastres de porcelana y plástico que, sin embargo, resultaron ser un milagro en comparación con lo que estaba ocurriendo muy cerca.
Recibimos una alerta en el móvil apenas diez segundos antes de que todo empezase a estremecer. Fue una experiencia horrible
Refugio en el suelo
El pánico se apoderó de los rascacielos y bloques de apartamentos de la capital. “Se vinieron para mi casa unos amigos con sus hijos porque en sus apartamentos sí hubo grietas. Viven en edificios y se quedaron todos aquí”. La casa de esta ourensana hija de la emigración se transformó de improviso en un campamento de refugiados. La constante sacudida de la tierra, que no dio tregua durante toda la madrugada, obligó a tomar una decisión drástica para garantizar la seguridad de los más pequeños. “Hubo muchas réplicas en la madrugada, algunas fuertes. Decidimos dormir todos en la parte de abajo, acomodamos la casa como pudimos y dormimos todos abajo”, relata.
Mientras el campamento improvisado en el salón de Mariela esperaba el amanecer, las noticias que llegaban del exterior dibujaban un panorama desolador. “La cosa es muy, muy fea. Hay un sector que se llama La Guaira donde se cayeron edificios, igual que en una zona de Los Palos Grandes”, enumera con pesar. Zonas emblemáticas y densamente pobladas como Altamira y Palo Verde amanecieron “muy, muy afectadas”.
Toca colaborar
Ya es de día en Caracas. Pasaron las horas más críticas, pero el trauma persistía en las calles y en la memoria. Entre el cansancio de una noche de terror y la incertidumbre de un país que aún temblaba sin saber las verdaderas consecuencias, el espíritu de la diáspora gallega se mantiene en pie. Mariela lo tenía claro mientras se prepara para afrontar el día cero: “Vamos a ver cómo se presenta, y a ver cómo podemos colaborar con todo esto”.
A las siete de la mañana, con la luz desvelando la magnitud de las cicatrices en la capital, el agotamiento de Mariela se entrelazaba con el consuelo de la supervivencia. “Gracias a Dios, a nosotros donde vivimos no nos pasó nada y no tuvimos mayores consecuencias”, reflexionaba plenamente consciente de haber sobrevivido a lo que califica como una “experiencia horrible”.
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