100 DÍAS EN EL PODER, MUNDIAL
Trump: el orden y el caos
100 DÍAS EN EL PODER, MUNDIAL
El Presidente de los Estados Unidos de América y el Primer Ministro representante del Gobierno de S. M. en el Reino Unido, habiéndose reunido en el Océano, juzgan oportuno hacer conocer algunos principios sobre los cuales ellos fundan sus esperanzas en un futuro mejor para el mundo y que son comunes a la política nacional de sus respectivos países:
1. Sus países no buscan ningún engrandecimiento territorial o de otro tipo.
2. No desean ver ningún cambio territorial que no esté de acuerdo con los votos libremente expresados de los pueblos interesados.
3. Respetan el derecho que tienen todos los pueblos de escoger la forma de gobierno bajo la cual quieren vivir, y desean que sean restablecidos los derechos soberanos y el libre ejercicio del gobierno a aquellos a quienes les han sido arrebatados por la fuerza.
4. Se esforzarán, respetando totalmente sus obligaciones existentes, en extender a todos los Estados, pequeños o grandes, victoriosos o vencidos, la posibilidad de acceso a condiciones de igualdad al comercio y a las materias primas mundiales que son necesarias para su prosperidad económica.
5. Desean realizar entre todas las naciones la colaboración más completa, en el dominio de la economía, con el fin de asegurar a todos las mejoras de las condiciones de trabajo, el progreso económica y la protección social.
6. Tras la destrucción total de la tiranía nazi, esperan ver establecer una paz que permita a todas las naciones vivir con seguridad en el interior de sus propias fronteras y que garantice a todos los hombres de todos los países una existencia libre sin miedo ni pobreza.
7. Una paz así permitirá a todos los hombres navegar sin trabas sobre los mares y los océanos.
8. Tienen la convicción de que todas las naciones del mundo, tanto por razones de orden práctico como de carácter espiritual, deben renunciar totalmente al uso de la fuerza. Puesto que ninguna paz futura puede ser mantenida si las armas terrestres, navales o aéreas continúan siendo empleadas por las naciones que la amenazan, o son susceptibles de amenazarla con agresiones fuera de sus fronteras, consideran que, en espera de poder establecer un sistema de seguridad general, amplio y permanente, el desarme de tales naciones es esencial. Igualmente ayudarán y fomentarán todo tipo de medidas prácticas que alivien el pesado fardo de los armamentos que abruma a los pueblos pacíficos.
Franklin D. Roosevelt — Winston Churchill
14 de agosto de 1941
Estremece leer la Carta del Atlántico, firmada en agosto de 1941 por Franklin Delano Roosvelt y Winston Churchill. Los principios políticos compartidos, la solidaridad entre ambas potencias, la apuesta por mecanismos de seguridad colectiva y la libertad sin miedo asentaron las bases del sistema internacional de inspiración liberal.
Estados Unidos se ha independizado de dicho orden, ha renunciado a su rol como líder global y se ha retirado a su hemisferio.
El nuevo orden que viene se asemeja sobremanera a la primera globalización (1870-1914): una competición entre grandes potencias por el control de los recursos y la geografía, la debilidad de las instituciones multilaterales, un nacionalismo reaccionario y la coerción –y la guerra– como mecanismo de solución de controversias.
Asistimos al nacimiento de un mundo desglobalizado, menos seguro y más inestable. Tal es el legado del primer aniversario de la segunda presidencia de Donald Trump, una auténtica revolución cultural, política y filosófica.
El presidente Trump ejerce el poder. Ha firmado 225 órdenes ejecutivas, más que en su primer mandato, y ha visitado 13 países. Toma decisiones y actúa rápido. Tiene prisa porque se le agota el tiempo, dada su edad y las elecciones de medio término.
La expansión del poder presidencial enrarece el ambiente de la política doméstica, donde los líderes políticos y sociales no aciertan a responder ante tanta iniciativa. En la producción de la agenda y de la realidad mediática, el presidente ha ganado la partida. En el plano jurídico, el presidente se asigna poderes de emergencia para casi todo: aranceles y tarifas, control de fronteras, lucha contra el narcotráfico, reformas energéticas o la Guardia Federal.
Su popularidad no despega, anclada en menos del 40 %. Los recortes en la administración, la subida de precios asociada a los aranceles o la falta de oportunidades en vivienda limitan el discurso de affordability –algo así como “asequibilidad”– que le llevó a la Casa Blanca.
Más aún, el ataque a la independencia de la Reserva Federal, las actuaciones violentas del ICE –Servicio de Control de Inmigración y Aduanas– y el despliegue de la Guardia Federal en distintas ciudades son decisiones desconcertantes. En su propio electorado, el movimiento MAGA se divide entre los partidarios del vicepresidente J. D. Vance y la agitación del secretario de Estado Marco Rubio.
En materia de política exterior, la Estrategia de Seguridad Nacional ha explicitado el Corolario Trump, una estrategia ofensiva de poder duro sin más límite que su propia moralidad. Ha bombardeado Yemen, Siria, Irán, Nigeria o Somalia, pero se resiste a poner botas sobre el terreno. La coerción es aérea y económica. La captura de Venezuela anticipa una era de intervencionismo regional y potestad sobre los recursos económicos.
El hemisferio occidental es un corredor geográfico, de Groenlandia a la Patagonia, que produce la seguridad material de los Estados Unidos: energía, cadenas de suministro y mercados de consumo. La verticalización del poder se construye sobre una mirada geográfica Norte-Sur y abandona el interés por las cuestiones del eje Este-Oeste, sea China-Taiwán, sea Rusia-Unión Europea. El futuro de Oriente Medio es una incógnita y la estabilidad regional aún espera el resultado de la revolución iraní.
Trump argumenta una política exterior soberanista y sin compromiso con la democracia o los derechos humanos. Sin valores políticos compartidos, los países medianos y pequeños cambiarán de bando y alianzas con mayor frecuencia. Indonesia ha anunciado la adquisición de tecnología militar china, mientras los europeos se dejan seducir por la potencia asiática.
Las esferas de influencia benefician a China y Rusia, que apenas han manifestado interés público por los sucesos de Venezuela o Groenlandia. Solo me queda una duda, ¿dónde queda India en este reparto postcolonial? No es una estrategia para pensar la próxima década, sino una respuesta para adaptar Estados Unidos a un mundo que ha pasado de la globalización a la geoeconomía.
En economía se confirma la fusión entre política energética, tecnología, comercio y seguridad. Estados Unidos produce unos 14 millones de barriles de petróleo al día, más que Arabia Saudí y Rusia, y casi lo mismo que Rusia, Irán y China juntos. Además, se ha aprobado la construcción de nuevos minirreactores nucleares. No habrá descarbonización ni transición energética en una economía orientada hacia los servicios digitales y la inteligencia artificial.
El capitalismo patriótico recupera el mercantilismo industrial y funda unas viejas nuevas compañías de indias digitales. El modelo privatiza el futuro, la ciencia y el conocimiento, limitando la competencia. El Stargate Project, impulsado por la compañía OpenAI, cuenta con inversión privada, capital saudí y catarí. La desregulación de las criptomonedas va en la misma dirección.
Las guerras culturales, el ocaso de la cultura woke y el debilitamiento de las políticas de identidad han creado un marco propicio para revisar qué significa ser estadounidense.
Los museos del Smithsonian Institute tienen la orden de revisar sus narrativas para alienarse con el nuevo ideal. Las universidades renuncian a oficinas y programas DEI –Diversidad, Equidad e Inclusión– para no perder financiación federal.
Entretanto, se anuncia la construcción de un Arco del Triunfo en el Mall de Washington para conmemorar el 250 aniversario de la República. El cuadro se completa con una política semántica que renombra el Golfo de América, el Departamento de Guerra o el Trump Kennedy Center.
En suma, el presidente Trump ha acelerado el tiempo histórico y nos conduce de manera inexorable, como a Los sonámbulos del historiador Christopher Clark, a un mundo postliberal y postamericano.
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