101 años camino del Alba

EL ÁNGULO INVERSO

Publicado: 11 oct 2026 - 05:20
Ilustración Xosé Manuel Beiras
Ilustración Xosé Manuel Beiras | Alba Fernández

Jueves 8 de octubre

Se ha ido Beiras. Recuerdo aquella cena en un restaurante de Malasaña, en Madrid. Allí estábamos, entre otros, Carlos Oroza, Beiras y yo. Mira tú, veo ahora su bastón entre aristocrático y de pastor de ovejas que yacía sobre la mesa como un crucifijo. Inevitable, el olvidado poeta Carlos Oroza recitó aquel poema que obsesionó a parte de mi generación: “Malú”. Malú es una hierba que se cultiva en el Nepal

La cena fue lírica. Beiras recitó a Rosalía. Ay, su mirada luminosa, encendida y sabia. Allá fui yo con versos de Aute que actuaba en un teatro de Madrid: “Los mercaderes más que nunca dan tristeza”.

Cierto, algunos recuerdos son armas para seguir avanzando. Aquel 10 de marzo de 1993. De repente, golpea el escaño con su zapato. Lo hace con furia, tal si llamase a las puertas del infierno. Tal si ahuyentase el miedo que nos acosa. Tal si golpease las sienes de su generación.

Oroza le hizo un guiño patriota: “Dejad que el trigo crezca en la frontera / porque una flor no puede ser hermosa si no dejáis que el trigo crezca en la frontera”.

Beiras se rio desde una melancolía pálida. Se ha ido el maestro. Irreemplazable.

Fue una velada de buen vino e historias límite: “Los guardias civiles temblaban. Al fin, ellos luchaban por un sueldo mísero y nosotros por un ideal”.

Viernes 9 de octubre

Estábamos todos en la tertulia. Todo discurrió sobre los guerrilleros, los maquis. Aquellos hombres que la Guardia Civil acosó como fieras, les tildó de bandoleros, criminales y fugitivos asilvestrados. Todos habíamos visto la película Guerrillero, en el OUFF. La historia del mítico maqui Francisco Martínez, El Quico. Mira tú, acaba de cumplir 101 años: “Conservo la salud por imperativo legal. El destino me da tiempo porque es necesario para contar lo que he vivido”.

Quizás sea el último maquis vivo. Nació en tierras del Bierzo minero. Lo educó un maestro republicano. Sus asombrados ojos de niño vieron llegar aquellos hombres de camisa azul y gesto sombrío, que dejaban las cunetas llenas de cadáveres. Los falangistas se turnaban en sus matanzas, siempre actuaban en lugares lejanos.

Allá se fue al monte el Quico. Siempre en primera línea de combate: “Estábamos muy organizados por el partido comunista. En estas tierras mineras había mucha solidaridad. Cuántas mujeres fueron mis madres. Nos acogían en sus casas. Teníamos cientos de enlaces que nos daban información. Incluso logramos meter a una mujer de las nuestras como encargada de limpieza en el cuartel”.

El barman nos trae otra ronda de chupitos. Hoy toca vodka. Cuenta el Quico en el documental: “¿El momento más trágico? Rodearon nuestro escondite un centenar de guardias civiles, algunos a caballo. Bombas de mano, disparos de metralleta, horas acorralados… Cuando entraron, me hice el muerto durante varias horas en el suelo ensangrentado. Me salvé”.

Sorpresa. Inesperado. El músico marca el ritmo con las manos en la mesa y canta: “Ni el dolor ni la miseria / nos impedirán vencer / seguiremos adelante / sin jamás retroceder”.

Ay, este himno se lo escuchamos una noche Augusto Valencia y yo a otro legendario maqui, Camilo de Dios. Allá en su casa de Sandiás, donde colgaban láminas de Miró y en la mesa, inevitable, un ejemplar reciente del Mundo Obrero.

Fue una velada de buen vino e historias límite: “Los guardias civiles temblaban. Al fin, ellos luchaban por un sueldo mísero y nosotros por un ideal”.

(Nos habló con admiración de Quico. Aún tenía buena voz Camilo de Dios para entornar: “Que el futuro no se olvide / de cual fue nuestra misión / acabar con el fascismo / que en España se instauró”).

Contenido patrocinado

stats