Juan Pina
Elecciones hiperventiladas
Siempre he mantenido, y lo sostengo, que si no existieran los sindicatos, habría que inventarlos. Y dentro de ellos he conocido personas de vocación e inteligencia que han dedicado su vida a la lucha por la mejora de las condiciones de trabajo y el logro de un salario justo, no sólo el admirable Marcelino Camacho, sino docenas de sindicalistas. Lo que sucede es que, con el paso del tiempo, los sindicatos llamados de clase se han ido aburguesando y casi son de clase alta. Por ejemplo, en 2020, las subvenciones del Ministerio de Trabajo, que se repartían entre CCOO y UGT no llegaban a 9 millones de euros, mientras en 2025 sobrepasaron los 32 millones, a los que hay que añadir otras subvenciones de otros ministerios, con lo que el año pasado, entre los dos sindicatos, manejaron más de 100 millones de euros (pese a que no había presupuestos y eran una prórroga) pero para Pedro I, el Mentiroso, eso significa que distribuye el dinero como le apetece.
La última huelga general en España se produjo en 2012, contra Mariano Rajoy. No una, sino dos. Catorce años después, en plena campaña electoral, los sindicatos de clase -de clase aburguesada- convocan una huelga general, no contra Pedro I, el Mentiroso, que ha multiplicado las ayudas económicas a los sindicatos -de los 9 a los más de 100 millones de euros- sino contra la oposición, no sea que las vayan a ganar y se olviden de los representantes de los trabajadores.
Soy partidario de la ayuda económica a los sindicatos, porque tienen muy pocos afiliados. Ignoro las causas. Ahora bien, cuando veo a uno de sus líderes con el pañuelo palestino al cuello no me incita a afiliarme y pagar una cuota mensual, porque igual nos reparten pañuelos palestinos a todos los sindicalistas. El hecho de que de cada 100 trabajadores españoles, 82 no quieran afiliarse es una realidad inalterable y si no hubiera ayudas los sindicatos llegarían a desaparecer. Me parecen bien las ayudas. Pero me parece mal que los sindicatos empleen ese dinero para utilizarlas en periodo electoral, a favor de unos partidos y en contra de otros. Y puede que les parezca también reprobable a un porcentaje de afiliados que pagan sus cuotas, e incluso estén extrañados de estas larguísimas vacaciones sindicales, que han durado ocho años.
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