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El anuncio decía “céntrico, espacioso. Oportunidad. Particular”.
Lo vi en el periódico, que ya estaba yo cansado de tanta agencia inmobiliaria. El mismo producto manoseado por agentes diferentes. Como nos sucede a menudo con la ropa: que de tanto ponerla, le acabas cogiendo manía.
Al número de teléfono fijo respondió una centralita que, por cierto, tenía una música bastante agradable, como si Neil Young tocase canciones de videojuegos. Y pensé que de particular nada, que menudo engaño eso, como el anuncio de al lado, presentado por un claro especialidad en francés y griego, pero siempre respondían en perfecto castellano.
El hombre del teléfono no resolvió ninguna de mis preguntas. Que si secreto profesional. Que si precaución. Que si, claro, no me conocía de nada.
Seguro que te he puesto alguna canción en algún bar, pensé.
A pesar de que era junio me citó a las 16:00 en el puente de Ervedelo.
El sol caía a plomo y el viento soplaba con fuerza.
Llegó tarde, dato inofensivo si no fuese por la parsimonia con la que se iba acercando hacia mí. Lo reconocí. Eres tú, el que siempre pide Jamiroquai, pensé de nuevo. Y un apretón de manos que no aprieta. Presagio de desgracia.
Tres dormitorios, aunque podrían ser armarios grandes, un salón donde la distancia de seguridad entre el sofá y la televisión no cumplía ninguna legalidad, dos baños, en el grande podías usar el bidé y el lavabo al mismo tiempo, y el pequeño, bueno, el pequeño solo era un retrete
El anuncio no mentía del todo. El piso estaba en Doctor Fleming, a un paso de casi todo, era espacioso o, al menos, constaba de muchos espacios. Tres dormitorios, aunque podrían ser armarios grandes, un salón donde la distancia de seguridad entre el sofá y la televisión no cumplía ninguna legalidad, dos baños, en el grande podías usar el bidé y el lavabo al mismo tiempo, y el pequeño, bueno, el pequeño solo era un retrete. Desde las ventanas solo se veía hormigón. Para cuando llegué a la cocina todas mis expectativas se habían resquebrajado como los bordes astillados de los marcos de las puertas.
Pero la cocina había sobrevivido. Cuatro hornillos, microondas, incluso un maquinillo de esos para envasar al vacío. La idea de que el jamón nunca más se iba a estropear me recorrió en un temblor espinal.
Abrí el pequeño congelador dentro de la nevera, por si otra vez me topaba con una de pechuga de pollo en forma de glaciar modelando el paisaje. Me quedé con la puerta en la mano, alguien la había colocado ahí de manera estratégica para que nadie se diese cuenta del desperfecto. Ni de la culpa. Levanté el trozo de plástico y miré al Jamiroquai. “No sé si sabes que tienes la puerta del congelador rota”, le dije. Se giró, pues estaba él de espaldas atendiendo otras tareas mucho más importantes que conseguir un trato con comisión, y dijo “Tú es que también lo quieres todo”.
La visita terminó ahí. Descartó sin preguntar la posibilidad de ver el trastero.
Ya en la acera frente al portal ni siquiera nos despedimos. El vacío irreparable del final de los amantes.
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