Jacinto Seara
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CAMPO DO DESAFÍO
En la teoría económica del desarrollo para Galicia teníamos, hasta hace bien pocos años, dos escuelas. Una, la de Valentín Paz Andrade y Xaime Isla Couto, pragmática y muy pegada al territorio y otra, más ideologizada por el colonialismo y el marxismo, elaborada por Xosé Manuel Beiras. Ganó esta segunda y, en consecuencia, cualquier política industrial para Galicia sería considerada bajo sospecha. Preponderaba la idea del expolio de las riquezas naturales del país y su exportación, a los centros industriales alejados de Galicia, sin que aquí se incorporase valor añadido y, en definitiva, puestos de trabajo ligados a la transformación.
En esta perspectiva, la sociedad gallega y como corolario de la misma, su clase política, han desconfiado de la industria: de sus potenciales impactos sobre el territorio, de la impredecibilidad de sus empleos o de las amenazantes deslocalizaciones. En cualquier caso, la franja litoral, de Ferrol a Tui, ha sido capaz de desarrollar una estimable, diversificada y a veces sorprendente industria innovadora de base tecnológica, mientras que el interior, salvo el entorno metropolitano de Ourense y el nicho de la pizarra en Valdeorras, es un enorme y vacío desierto industrial y humano. Como contraste, baste decir que las industriosas tres provincias vascas cabrían en el territorio de la de Ourense y, aún con mayor holgura, en la de Lugo.
Altri pone sobre la mesa la dificultad para compartir una visión estratégica en materia industrial
Los aspectos más atractivos del proyecto de Altri residían en su ubicación en el interior rural, en la comarca de la Ulloa, en Lugo, y en el proceso transformador de la abundante madera de eucalipto que, en Galicia, alcanza las mejores condiciones del mundo para su rápido crecimiento. Una inversión de mil millones de euros y la creación de 500 puestos de trabajo directos eran cifras muy respetables, capaces de dar un importante impulso a las rentas domésticas en un lugar sin alternativas laborales. Muy pronto y haciendo caso omiso a los informes medioambientales favorables de la Xunta, sectores ambientalistas, movilizados en la previa oposición a la industria eólica, ofrecieron al BNG la oportunidad de encauzar la protesta social. Nacen los eslóganes de “Bomba ambiental” o, el más reciente, “Franquismo industrial”, que tanto retrotraen a O atraso económico de Beiras. El PSdeG se sumaría a la estrategia de oposición, condicionando decisivamente la posición del gobierno central, hasta su actual archivo.
En todo caso, Altri pone sobre la mesa la dificultad para compartir una visión estratégica en materia industrial. Sea con el eucalipto, la eólica o la minería, seguimos lastrados por los prejuicios de la ideología. Equilibrar el interés por los puestos de trabajo y salarios dignos con el respeto medioambiental y la participación en los beneficios de las comunidades donde las empresas se radiquen, debiera estar al alcance de cualquier sociedad democrática adulta. Algo falla.
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