Chito Rivas
PINGAS DE ORBALLO
Un chiste de mal gusto
MORRIÑA.COM
Buscar explicaciones a una tragedia con los cadáveres aún calientes resulta precipitado. Como el accidente de Angrois o la Dana de Valencia, la tragedia ferroviaria de Adamuz requiere del reposo de una investigación independiente y transparente y del respeto a las decenas de víctimas mortales y sus respectivas familias. Por eso debemos evitar el provecho político y el uso partidista de lo que parece un accidente fortuito ya sea debido a la rotura de una soldadura, a la falta de mantenimiento pese a la inversión reciente, al cambio de agujas, al colapso de las ruedas de uno de los trenes o al mal estado de las vías denunciado desde hace meses por maquinistas y usuarios. Quizás sea una ilusión esperar de cierta política un comportamiento ético así. Desde luego, ni en Angrois ni en Valencia se produjo una tregua de prudencia moral que habitualmente falta en la vida pública española. Sin embargo, no por ello se debe tapar que la frase más valorativa pronunciada tras la tragedia de Adamuz es “se venía venir”, sin que ello implique señalar al ministro Puente que por toda explicación se apresuró a hablar de inversiones de 700 millones en la mejora de las infraestructuras ferroviarias y de “un accidente tremendamente extraño”, ni a la Junta de Andalucía y Juanma Moreno, que se han volcado en la gestión ponderada, la coordinación eficaz y la atención a heridos y familiares. Esta vez no procede sembrar dudas de sabotaje en la catenaria, como se suele hacer, ni de decir que “si quieren ayuda que la pidan”, como ocurrió en Valencia. La UME se movilizó casi al instante, igual que el resto de efectivos y, sobre todo, la solidaridad espontánea de la ciudadanía ante un accidente tan grave.
hay que exigir una investigación objetiva, no como en el apagón, y una responsabilidad política compartida como correspondía en el caso de la riada valenciana
Los ciudadanos solo quieren soluciones a los problemas y la acción rápida de los poderes públicos pagados con los impuestos para enfrentarse a catástrofes como esta, aunque las vidas no se pueden devolver. La sociedad no quiere utilización electoral de la tragedia humana, pero tampoco el silenciamiento de una realidad evidente. Muchos no olvidan que las corruptelas que afectan al ministerio de Transportes con el caso Ábalos-Koldo no son la mayor garantía para lograr la confianza de la ciudadanía. Y de ahí que ante tantos incidentes y retrasos en los trenes y ante tanta alarma social los españoles recurren al “se veía venir”. Ni Sánchez, ni Puente, ni Moreno son culpables, como no lo fueron Rajoy, Feijóo o Pastor en la tragedia de Angrois, del mismo modo que no se puede depositar la responsabilidad de la dana únicamente en la gestión de Mazón y Pradas y que no es de recibo atribuir a la extrema derecha el rechazo del descontento ciudadano que motivó la huida de Paiporta. Cuando algo así sucede, primero hay que otorgar un gran porcentaje de culpa a la fatalidad. Después hay que pensar en localizar las causas del accidente y buscar la mejora de infraestructuras y material. Y finalmente hay que exigir una investigación objetiva, no como en el apagón, y una responsabilidad política compartida como correspondía en el caso de la riada valenciana. De Angrois a Adamuz, España debe aprender la lección.
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