Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
Una mina
TRAZADO HORIZONTAL
Ser del Atleti es un acto de fe tan fervoroso como creer en la política. Ser del Atleti, aunque no esté en la final de la Champions, es soñar a lo grande hasta despertar de la pesadilla, flotar en el cielo orgásmico de la soñada victoria, traspasar la supraconciencia para encontrar vida después de la derrota. Ser del Atléti es volver al histórico Metropolitano del Atlético Aviación donde todo empezó, ir de excursión retro al Vicente Calderón en navegación del Manzanares, escuchar en el Teatro Real el himno de Sabina o resucitar a Luis Aragonés en las fiestas sabias de Hortaleza y a Jesús Gil en una party marbellí. Ser del Atlético es militar en el partido de las utopías, entregar tu alma al populismo de carnet que no te permite distinguir la realidad en brote emocional del autoengaño colectivo. Todos, en realidad, los del Madrid, los del Barça y los de otros equipos, somos un poco del Atleti, porque en esta Copa de Europa vista para sentencia, solo nos quedaba el alma patriótica del fútbol como parte de la ambiciosa fantasía hasta que el Rayo se coló en otra final europea.
Ser del Atleti es cómo ser monárquico en un entorno republicano, que para eso el rey es un atlético confeso pues ese es el verdadero significado de la Corona: representar a todos en el Estado de la monarquía futbolera. Se entiende que Sánchez sea del Barça, porque de Cataluña le vienen los votos y los socios, y porque hace bueno el síndrome Negreira con el amaño de la Fiscalía. Y se acepta que siendo del Depor-Celta, Feijóo simpatice con el Real Madrid, porque Alberto aspira a mirlo blanco en la política pícara burlona donde abundan algunos garbanzos negros. Pero que Felipe VI sea del Atleti es tan glorioso e improbable como que Pablo Iglesias e Irene Montero hayan sido vicepresidente y ministra del Gobierno del España; una probabilidad entre 1 millón, una casualidad en todo un siglo, una burla burlando del destino. Hasta entre guerra y guerra, entre pancarta y pancarta, Javier Bardem es del Atleti, pese a que Penélope Cruz se fue a un palco VIP del Bernabéu con Rosalía en el clásico que este domingo se reedita con el vestuario merengue en pelea permanente.
Para eso el rey es un atlético confeso pues ese es el verdadero significado de la Corona: representar a todos
Hay muchas razones para ser del Atleti, muchas más en la derrota que en la victoria. La primera es que ser atlético dignifica la existencia y te baja los humos. No es cómo ser del Barça, que es más que un club y además, estandarte del independentismo, el hecho diferencial definitivo del forofismo deportivo, la confluencia inevitable con el silbido al himno español. No es como ser del Madrid, el club más laureado del mundo, con 15 champions y una marca galáctica ahora manchada cuyo presidente es un “ser superior” según Butragueño y su estadio da “miedo escénico” en parábola de Valdano.
Ser del Atleti cura las impurezas que todos tenemos y fomenta la pureza de sentirse pupas rojiblanco, salvaguarda victimista de la incomprensión y la injusticia. Ser del Atleti es ir partido a partido, en frase acuñada por el Cholo, una forma de supervivencia realista con los pies en la tierra y la aspiración intacta a la gloria final. Para ser del Atleti no te tienen que gustar los toros, pero siendo José Tomás forofo colchoreno se entienden una verónica y la suerte de matar, una chicuelina en las mitades del ruedo mientras palpita el corazón artístico de la tauromaquia en los adentros.
Para ser del Atleti te tiene que gustar el cine, porque su presidente Enrique Cerezo es productor cinematográfico y dueño del 80 por ciento de las pelis españolas tras una encomiable labor de restauración de la cultura del celuloide. Cerezo es más campechano que el emérito, amigo de sus amigos y listo como el hambre de triunfo atlético. Para ser del Atleti también hay que sentirse aragonesista y cholista, un poco niño como Fernando Torres y tan rematador de cabeza como José Eulogio Gárate. Para ser del Atleti hay que ejercer de forofo incondicional como el Cholo, hooligan de libro, vehemente hasta rozar la histeria del fanatismo. Incluso podría ser del Atleti Fernando Simón y su corona-hantavirus con aquel eslogan adaptado al relato: “Si acaso una o dos derrotas por temporada”.
Para ser del Atleti hay que sentirse obrero antes que empresario, currito en vez de jefe, humilde por encima de arrogante, más de equipo que individualista, modesto mejor que soberbio y altanero. Pensándolo bien, si Aldama fue presidente del Zamora, hay más probabilidades de que Koldo y Ábalos sean del Atleti, si bien José Luis siempre tuvo claro que su objetivo eran la riqueza de los grandes y los privilegios de la élite. Eliminados el Madrid y el Barça, el Atlético se convirtió en nuestro esperanzador sueño conjunto hasta que tronó el Rayo, en el equipo madre de todas las batallas, en la prioridad nacional común de quienes valoran el fútbol como épica humanista e instinto de supervivencia y superación. Ser del Atleti es como ser del Lugo, del Ourense o del Pontevedra, puro sentimiento de raíces y nostalgia, el reencuentro con los orígenes previo destierro definitivo de los complejos y los miedos. Ser del Atleti no tiene explicación, pero se siente, se vive y se sufre tanto en las victorias como en las derrotas.
La enternecedora declaración de Ábalos en el Supremo por el caso Mascarillas visto para sentencia también nos descubre un hombre enamorado, víctima de “ghosting” por la traición y ruptura brusca de Jéssica en medio de una imaginativa conspiración política. Como Pedro Sánchez con su carta de 5 días de reflexión, Ábalos invoca el amor para esquivar sus responsabilidades políticas con pocas posibilidades de éxito ante la certeza de su condena y su agonía. Y si Pedro se autoproclamó “un hombre profundamente enamorado de su mujer” cuando trató de ganar tiempo tras la imputación de Begoña Gómez, José Luis Ábalos se enfrenta a 24 años de cárcel poco menos que por amor incondicional a Jéssica, a la que dice no haber colocado en la administración con cargo al erario público. Ábalos convirtió su declaración en un “culebrón” propicio para entender que el acusado puede mentir en su declaración del mismo modo que dinamitó la fidelidad prometida en matrimonio a su mujer con catálogos de señoritas, misses y fiestas de Paradores. Realmente sublime. O sea, de Torrente al cuadrado.
Teresa Peramato sustituyó al condenado García Ortiz en la Fiscalía General del Estado con obligación de hacer méritos para ser merecedora de cargo tan sanchista. En los pasillos de la fiscalía de Madrid la apodan fiscal Pera-Ortiz y en las tertulias fiscal PorPedromato. Teresa ha cesado de forma fulminante a la fiscal de Madrid, Almudena Lastra, que acusó a García Ortiz de haber filtrado el correo del novio de Ayuso por lo que el fiscal general fue inhabilitado. De paso ha nombrado teniente fiscal de Galicia a la esposa de García Ortiz, a la que nadie quita méritos si bien parece lo que es o es lo que parece. Y por si no fuera suficiente para complacer al poder sanchista que la ha nombrado, Peramato impidió al Fiscal Anticorrupción, Alejandro Luzón, rebajar su petición de 7 años de cárcel a Víctor de Aldama por colaborar con la justicia en la lucha contra la corrupción sanchista, en este caso dentro del juicio del caso Mascarillas. Los mentideros señalan que la reacción de la fiscal Pera-Ortiz obedece a una orden de Moncloa después de que Aldama señalara la financiación del PSOE y metiera a Sánchez en la ecuación.
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