Una ayudita, afavor

¡ES UN ANUNCIO!

Publicado: 28 mar 2026 - 00:50
Isaac Pedrouzo
Isaac Pedrouzo | La Región

Al principio solo tocaba la guitarra, allí, de pie, bucles infinitos, intentos de una y otra vez. “Este solo no me ha salido demasiado bien, este acorde se ha movido de sitio”. Nunca lo escuché cantar, pereza o mala memoria, solo él lo sabe. Algunas veces podías notar como se le escapaba la lengua de lado. Apretada entre los dientes y el labio. Sobre todo en las canciones de Santana.

En Primavera.

Puede ser casualidad que durante un tiempo siempre se colocase justo al lado de donde un día estuvo el Café Auria, aquel salón señorial de guateques ilustres. Elizabeth Gay, Mari Trini, Manolo y Ramón. O quizás solo sucedía por un motivo de carácter práctico: con un vistazo de lado a lado, podía vigilar y observar todos los movimientos sociales con apenas esfuerzo.

Podía ver la tienda de ropa que alguien en un arrebato insólito montó en un primer piso. O como crecían los perros de cuello alto que arrastraban el pelo. Vio como algunos niños traviesos levantaban los dedos en forma de cuernos. Cuernos vio muchos. En las terrazas. Paseando. Vio a demasiada gente dormir en los bancos.

Y la maldita canción de Santana que no afina.

Lo echaron varias veces de su sitio, y durante un tiempo se mudó a una esquina de Santo Domingo. A la calle, que para ir a la República Dominicana nunca había suficiente dinero en la funda de la guitarra.

Se acostumbró a la velocidad lánguida, al olor de los perfumes de marca

En Santo Domingo se cansó de tocar. Ya solo fumaba. Sin nombre. Con la guitarra apoyada contra la pared como si su única función fuese hacerle compañía.

“Una ayudita, afavor” fue la primera frase que le escuché, “tienes un cigarro” fue la segunda, porque el silencio, es verdad, no vende tanto como la música, y llegó un momento en que no le alcanzaba ni para el Ducados rubio.

De Santo Domingo también lo echaron, los adolescentes sobre todo, que solo se paraban entre risas esperando a que dijera su frase. Como los cómicos de antes, como los políticos atemporales. Como Bart, que al final ya no lo quería nadie.

Volvió al Paseo, que ahora había un Primor. La guitarra ya ni siquiera le servía como amigo y la guardó dentro, en el interior de terciopelo rojo de la funda a la que no le hizo gracia que ya se había acostumbrado al vacío. Al poco tiempo cerró el Primor. Pero él ya estaba acostumbrado al subir y bajar persianas, a los cambios de los luminosos de las fachadas. Y se olvidó de las canciones y de Santana.

Se acostumbró a la velocidad lánguida, al olor de los perfumes de marca. A que las calles peatonales sean de todo menos peatonales. A la sentencia de muerte sin apelación posible de todas las galerías. A todos los días haciendo lo mismo.

“Una ayudita, afavor” y nada, el desfile que siempre debe continuar.

Contenido patrocinado

stats