Xaime Calviño
LA PREGUNTA DEL DÍA
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Manuel Azaña es una de las figuras políticas más renombradas de nuestra historia reciente y seguramente una de las más desconocidas, porque el mito ha borrado en realidad al hombre, y la pobreza de criterios ha convertido a un intelectual tímido y contradictorio pero profundo en su pensamiento permanentemente afligido, en el mito que nunca fue ni quiso ser. Una de las asignaturas pendientes de nuestros políticos es sin duda asomarse a la historia propia y tratar de aprendérsela sin estorbos ideológicos, una cuestión que ninguno ha sido capaz de conseguir.
Si en mi modesta curiosidad por los hechos yo introduzco la sospecha de que Azaña fue tan buen hombre como mal político, y si, continuando con la especulación, intuyo que hubiéramos salido ganando inmensamente si en lugar de aceptar el cargo de presidente de la República hubiera dedicado su vida a la función intelectual, me van a comer vivo unos cuantos sectores, pero a todos nos iría mejor estudiando que haciendo mitos gratis de las dos España a diestro y siniestro. Cayo Lara se retiró de la política insistiendo en que el general Pavía entró en las Cortes a lomos de su caballo cuando en realidad Manuel Pavía y Alburquerque no se movió de capitanía general en toda aquella jornada y lo que deseaba era ayudar en lo posible a su amigo Emilio Castelar, con el que compartía muchas cosas entre ellas, su acendrado espíritu republicano, porque Pavía era republicano de corazón, aunque Cayo Lara no se hubiera enterado ni supo nunca de esta circunstancia crucial al menos que yo sepa. Una vez disueltas las Cortes con un pelotón de la Guardia Civil que de su parte mandó a todos a la calle y cerró la puerta del Congreso, Pavía convocó a los jefes políticos en su despacho y les conminó a que se entendieran. “Ahí se quedan, yo me marcho. Pónganse de acuerdo” y se marchó. Los allí presentes, le dieron a Serrano la presidencia.
Azaña es otra figura tratada de forma inmadura y partidista por la clase política fruto del desconocimiento. Tanto es así que pocos en realidad –Alfonso Guerra es una admirable excepción- han sabido interpretarlo. A Azaña le aterraba el poder. Le dolía su patria y se fue para no volver. Murió sufriendo mucho en la habitación de un hotel de Montauban. Dicen que confesado y comulgado, por una monja y un obispo. Yo lo creo.
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