Fernando Jáuregui
Sánchez aún no se ha puesto la camiseta roja, pero...
Estamos cometiendo un error de concepto que nos puede pasar factura. Nos hemos acostumbrado a hablar de la economía digital con un lenguaje casi místico. La nube, lo virtual, los datos, la inteligencia artificial. Son conceptos abstractos, casi etéreos, intangibles. Como si el progreso del siglo XXI flotara en el aire y no necesitara nada más que talento, pantallas y buenas intenciones. Es una fantasía. El progreso digital se despliega sobre una base material que todo el mundo parece obviar.
Cada red eléctrica que se refuerza, cada coche que se electrifica, cada centro de datos que se levanta, cada infraestructura renovable que se instala, pide más materia prima. No menos. El futuro no pesa menos. Pesa de otra manera. Se nos dijo que avanzábamos hacia una economía desmaterializada y resulta que avanzamos hacia una economía todavía más dependiente de ciertas materias primas críticas. La transformación tecnológica, correctamente analizada, no elimina la base material del progreso. La multiplica.
Se trata de un terreno abonado para que emerjan, de forma automática, las tesis asustaviejas del maltusianismo. Si todo el mundo quiere electrificarse, nos dicen, no habrá cobre para todos. Si la demanda crece, el planeta se queda sin recursos. Es un error intelectual muy antiguo y, sin embargo, conserva un prestigio extraordinario entre gente que presume de intelectual pero que confunde una tensión de mercado con un límite civilizatorio.
El economista norteamericano Julian Simon entendió esto mejor que todos los profetas de la escasez. Un recurso no es simplemente una piedra enterrada. Es una piedra que se vuelve útil gracias al conocimiento, a la tecnología, al capital, a la organización empresarial y a un sistema de precios que empuja a buscar, innovar, sustituir y aprovechar mejor. Dicho de otro modo, la verdadera riqueza no está solo en el subsuelo. Está sobre todo en la inteligencia humana, capaz de convertir materia indiferente en bienestar.
Es evidente que puede haber cuellos de botella. Claro que puede haber escasez temporal, picos de precio, dependencia de ciertos países, retrasos de inversión o cadenas logísticas tensionadas durante años. Eso está ocurriendo. Pero de ahí no se sigue que el mundo se esté quedando sin recursos. Lo que se sigue es algo bastante menos dramático y bastante más incómodo para ciertos dogmas, que la oferta necesita tiempo para adaptarse, que incrementar la capacidad de producción no es automático y que las malas instituciones empeoran cualquier tensión.
Ahí está el verdadero problema. No en la geología ni en la minería, sino en la política. No tanto en la falta física de cobre como en la abundancia de obstáculos para producirlo, procesarlo, transportarlo e integrarlo en cadenas de valor seguras. Permisos eternos, inseguridad regulatoria, hostilidad ideológica hacia la minería, dependencia estratégica de países poco fiables, planificación deficiente de infraestructuras. Luego, cuando llegan las prisas y suben los precios, los mismos que pusieron trabas durante años nos explican, con tono grave, que quizá debamos acostumbrarnos a consumir menos. La coartada perfecta.
Capten bien la contradicción. Se exige electrificación masiva. Se exige despliegue renovable. Se exige coche eléctrico. Se exige más digitalización. Se exige inteligencia artificial. Pero al mismo tiempo se mira con sospecha moral a las minas, a la industria pesada, a las redes, a los puertos, al comercio global, a las empresas y a cualquier obra que tenga cualquier tipo de impacto en cualquier lugar. Se quieren los frutos del progreso material, pero se desprecian sus raíces materiales.
Lo que está sucediendo a nivel internacional con algunos recursos confirma esto que estamos relatando. Las sociedades avanzadas transforman materia en bienestar y la prosperidad sigue siendo un hecho físico antes de convertirse en discurso político. Y confirma también algo que demasiados dirigentes preferirían ocultar, que el problema no es que el mundo quiera progreso, sino que muchas élites llevan años poniendo trabas a sus condiciones materiales.
La tensión en algunas materias primas y en ciertas cadenas de suministro no demuestran el final de la abundancia. Demuestran, más bien, que la abundancia sigue dependiendo de lo de siempre, libertad económica, inversión, tecnología y confianza en la capacidad humana para convertir los límites en oportunidad.
Contenido patrocinado
También te puede interesar
Lo último
ENCONTRO INSTITUCIONAL
Reivindicación do Camiño do San Rosendo en Celanova
MOVILIDADE SOSTIBLE
A bicicleta quere ser protagonista en Xinzo de Limia
LOS TITULARES DE HOY
La portada de La Región de este domingo, 12 de julio