Mariluz Villar
MUJERES
Estar agradecidos
A los once años, Nancy Roman formó un pequeño club de astronomía con sus amigas del barrio en las afueras de Reno. Se reunían para mapear un cielo que entonces se veía con una claridad que ya no existe en nuestras ciudades. Era solo curiosidad infantil. Pero esa curiosidad no se apagó.
En el instituto, le tocó elegir entre continuar con latín o hacer un segundo curso de álgebra. Para ella la elección era obvia: si quería entender el universo, necesitaba matemáticas. Su consejero escolar la miró y le preguntó: ¿Por qué iba una señorita a elegir matemáticas en vez de latín? Nancy eligió álgebra, por supuesto. Esa decisión aparentemente trivial fue el primer paso de un camino que la llevaría a dirigir el programa del telescopio Hubble en la NASA.
Lo interesante no es la anécdota en sí. Lo interesante es que Nancy siguió encontrándose el mismo muro durante décadas. En la universidad, el director de Física le dijo que intentaba disuadir a las mujeres de graduarse en Física. Ella siguió adelante, por supuesto.
Nancy Roman atravesó décadas de muros reales con una genuina convicción. Eso, la inteligencia artificial no puede prestártelo
En 2016, dos años antes de morir, escribió un artículo reflexionando sobre su carrera. No habló de brillantez técnica ni de visión científica. Habló de algo más simple: la habilidad de hablar y escribir bien y con fluidez. Porque su trabajo durante veintiún años no fue principalmente hacer cálculos, fue comunicar una visión lo suficientemente bien como para que otros la compartieran y la apoyaran. Coordinó comités de astrónomos e ingenieros, refinó diseños, justificó presupuestos, convenció al Congreso año tras año.
Hoy tenemos herramientas que Nancy no habría podido imaginar. La inteligencia artificial puede ayudarte a estructurar argumentos, refinar presentaciones, encontrar las palabras precisas para que una idea llegue a quien tiene que decidir. Puede derribar algunas de las barreras técnicas que frenaron a muchas personas con talento. Pero hay un muro que ningún algoritmo derriba: el que separa a quien tiene algo verdadero que decir de quien solo tiene las palabras correctas. Nancy Roman atravesó décadas de muros reales con una genuina convicción. Eso, la inteligencia artificial no puede prestártelo.
En Galicia, los hórreos llevan siglos en aldeas y lugares de labor sin producir el grano: lo custodian hasta que llega el momento de usarlo, protegiéndolo de la humedad y del tiempo. La IA puede ser eso para el talento humano. No la fuente de las ideas. El sistema que evita que mueran antes de llegar a existir.
La pregunta que la historia de Nancy deja abierta es personal: ¿qué versión de tu potencial estás dejando sin desarrollar porque en algún momento alguien te convenció de elegir el camino apropiado en vez del tuyo? Hazme caso y elige tu álgebra.
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