Y Bélgica humilló a Trump

Publicado: 10 jul 2026 - 02:50
Opinión en La Región
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La eliminación de los Estados Unidos por Bélgica, por 4-1 en los octavos de final del Mundial, debería recordarse menos como una derrota deportiva que como una reparación moral. Donald Trump había presumido de haber pedido personalmente a Gianni Infantino, presidente de la FIFA, que revisara la roja directa mostrada al delantero estadounidense Folarin Balogun en el partido de dieciseisavos contra Bosnia-Herzegovina. La FIFA suspendió después la sanción automática de un partido, manteniendo la tarjeta pero permitiendo al jugador disputar el encuentro contra Bélgica. El resultado fue una de esas escenas que la justicia poética reserva para los matones que iban recaudando bocadillos por el patio del colegio y metiendo el miedo en el cuerpo a todo el mundo. Bélgica no sólo ganó: humilló. El caso había sido gravísimo. La tarjeta roja implica, como regla elemental del campeonato, una suspensión automática mínima para el siguiente partido. Esa previsibilidad forma parte de las garantías competitivas de todos los equipos. Bélgica tenía derecho a preparar su eliminatoria sabiendo que Balogun, expulsado en el encuentro anterior, no iba a jugar. Alterar esa regla en vísperas del partido ocasionó un gravísimo perjuicio a Bélgica. Balogun tuvo la gentileza de ir a saludar al técnico belga al final del encuentro. Un caballero, todo lo contrario que su presidente. ¿Lo deportará Trump por ser hijo de inmigrantes?

La decisión de la FIFA había sido una aberración. No existía un precedente comparable desde el Mundial de Chile de 1962, hace 64 años. Lo de Balogun fue, por tanto, una ruptura flagrante de las expectativas jurídicas y deportivas del torneo. Trump volvió a comportarse como lo que es: un mafioso cutre que ha decorado el despacho presidencial como un club de carretera. Llamó a Infantino, le presionó públicamente, celebró la decisión en su red social y hasta sugirió que si Bélgica ganaba gritaría “fraude”. Esa broma no es inocente. Quien trivializa así el fraude deportivo es el mismo indeseable que lleva años intoxicando la confianza pública en los procesos electorales de su país. Quien presume de poder mover a la FIFA por teléfono es el mismo que en 2021 exigió a gritos al secretario de Estado de Georgia que le “encontrara” 11.780 votos.

Infantino tampoco sale limpio. Su cercanía a Trump venía de lejos: visitas repetidas a la Casa Blanca, aparición en actos vinculados al Mundial y una relación de familiaridad impropia entre el presidente de una federación internacional y el jefe político del principal país anfitrión. La FIFA, entidad ya manchada por décadas de escándalos de corrupción, decidió actuar como si el reglamento fuera un texto maleable que se puede “afinar” al servicio del poder. La respuesta dada a Bélgica fue todavía más asombrosa. Por un lado, la FIFA se negó a entregar la documentación completa del proceso y rechazó admitir su reclamación alegando que Bélgica no era parte interesada en el expediente disciplinario original. Es una burla. Bélgica era la principal afectada: se la obligaba a enfrentarse a un jugador que, conforme a las normas y a los usos y costumbres absolutamente asentados por al menos siete décadas, debía estar suspendido. Si eso no concede interés legítimo para personarse como parte agredida y exigir reparación, entonces la FIFA es simplemente un chiringuito sin ley.

Este Mundial, además, ya arrastraba sospechas e irregularidades: decisiones disciplinarias inconsistentes, privilegios logísticos para anfitriones, sedes cuestionadas, opacidad en procedimientos y la sombra permanente de una FIFA demasiado dispuesta a acomodarse al poder político. El caso Balogun no fue un accidente aislado, sino la cristalización perfecta de una cultura institucional podrida. ¿Cómo no pudrirse con Trump de por medio? Trump ensucia todo lo que toca. Ha transformado las nobles paredes del Despacho Oval en una ostentación kitsch de oropeles del “todo a cien”. Ha demolido la tercera parte de la Casa Blanca para construir un salón de baile. Ha puesto su nombre y su firma a todo: pasaportes, aeropuertos centros culturales y hasta pretendía sacar billetes con su retrato. Ha degradado la proyección diplomática de los Estados Unidos y ha maltratado a sus aliados. Ha envenenado la percepción de limpieza electoral y ahora ha contaminado incluso el campeonato mundial de fútbol. Por eso las imágenes de los jugadores belgas celebrando la goleada con el ridículo bailecillo de Trump tienen algo de miel política. Bélgica hizo lo que la FIFA no quiso hacer: poner en su sitio al abusón.

Pero la reflexión de fondo es más grave: si Trump intenta manipular una sanción en un torneo deportivo, ¿cómo creer que respetará las elecciones legislativas de noviembre?; si llama a Infantino para rescatar a un delantero, ¿qué no hará para mantener su poder? Con este violador condenado como tal, los Estados Unidos han caído muy por debajo de la sublime ambición de sus padres fundadores. Aquel gran país nació para limitar al poder. Hoy lo preside un tahúr que cree que toda regla puede doblegarse si él grita lo suficiente.

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