Julia Navarro
Adjetivos calificativos
Érase una vez una ciudad, del interior del interior, donde su día a día superaba cualquier ficción imaginable. La apatía, frustración, desidia, rechazo a políticas servilistas y el abandono de sus habitantes a su suerte por parte de la capital del reino habían derivado a sus paisanos a una espiral de fiestas y verbenas permanentes plagadas de actuaciones y luces de colores como válvula de escape de tantos infortunios y desprecios. Orquestas, espectáculos diurnos y nocturnos, músicos y músicas de todo tipo y condición, ilusionistas, charangas de toda índole primaban en esta ciudad verbenera donde la palabra futuro era simplemente una quimera en la que nadie pensaba ya. Empleo estable y de calidad, creación de actividades económicas, viviendas asequibles para todos, limpieza de los espacios públicos, zonas verdes decentes y cuidadas, seguridad ciudadana, infraestructuras locales, servicios sociales, actos culturales y educativos, conservación y mejora del mobiliario urbano, gestión económica de los recursos públicos... eran ya únicamente frases y palabras huecas a las cuales ya casi nadie prestaba atención. Lo que importaba, lo que primaba, lo que interesaba a los promotores de la “fiesta sin fin”, es decir, los sheriffs locales al mando, era fomentar la diversión elevada a todo tipo de excentricidades. Así tapaban todas sus manifiestas incompetencias de gestión y eso les permitía seguir viviendo a todo trapo, como nuevos ricos desenfrenados. La eclosión de los chiquilicuatres locales y el despiporre ya era total y absoluto en esta festiva urbe. Aunque el resultado, y el final de todo ello, ya lo suponemos... ¡pero eso da igual ahora!
Berlanga tendría hoy un inmejorable escenario con un nutrido ramillete de los mejores actores y actrices para filmar la tragicomedia más surrealista jamas llevada al cine. Y es que la falta de escrúpulos y de cualquier talla intelectual de los que manejaban el cotarro estaba totalmente diluida en una ceguera casi colectiva fruto del desengaño, rechazo, y hastío al que habían llevado a sus habitantes la más nociva, inútil y mediocre clase política multicolor local jamás conocida de los últimos tiempos, y este era el resultado de años de despropósitos y de su nula calidad moral e intelectual.
Pero los dineros de la tesorería local, provenientes de los muchos impuestos de sus ingenuos ciudadanos, iban menguando sin retorno ninguno y como si no hubiera un mañana. El atracón verbenero estaba llegando a su fin y los carnavales iban a ser uno de sus últimos cartuchos aunque quedasen también unos cuantos ases en la manga para seguir engatusando al personal, como tirar desde la carroza unos euros a la plebe como si de caramelos se tratara.
Y esta satírica y esperpéntica situación me recuerda otra historia: la de las criptomonedas. Hace pocas semanas, tras una gigantesca estafa piramidal -a los siempre volubles e influenciables jóvenes principalmente-, la Fiscalía de EEUU acusó de diversos delitos a Sam Bankman-Fried, fundador y exdirector general de la bolsa de criptomonedas FTX, a la cual llevó a la ruina. Y según la misma Fiscalía americana, “Sam Bankman-Fried erigió un castillo de naipes sobre cimientos de engaños al tiempo que decía a los inversores que era uno de los edificios más seguros del cripto”. Y me preguntó desde mi ingenuidad: ¿de qué me suena esta historia de estafa piramidal pero llevado al terreno político?. Pero, qué más da... si ahora malversar les sale “casi gratis” a nuestros “servidores públicos”. Estimados lectores, solo espero y deseo para este 2023 que el futuro, el de verdad, lo construyamos entre todos y todas con sentido común y con la responsabilidad del día a día de cada uno de nosotros, y que el destino ponga a cada uno en su sitio, sin más.
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