Miguel Michinel
TINTA DE VERANO
Cuaresma
TINTA DE VERANO
Según las estadísticas, la inflación parece bajo control y los precios ya no suben al ritmo de hace unos años. Sobre el papel, la situación económica se ha estabilizado y los grandes indicadores apuntan a una cierta normalidad. Sin embargo, al menos en Ourense, la percepción es distinta. Basta con hacer la compra, revisar los recibos o pagar el alquiler para comprobar que el coste de la vida sigue pesando más de lo que sugieren los datos oficiales.
El problema no es la inflación actual, sino la acumulada. En pocos años, los alimentos, la energía, los seguros, los servicios y muchos gastos cotidianos han subido de forma notable. Aunque ahora los incrementos sean menores, prácticamente nada ha vuelto a los precios del pasado. Lo que antes parecía caro se ha convertido en habitual y lo habitual se ha integrado en el presupuesto mensual, sin que los ingresos hayan crecido al mismo ritmo.
Esta situación se nota especialmente en ciudades como la nuestra, donde los salarios medios son más bajos que en otras grandes áreas urbanas. La economía local, muy vinculada al comercio, la hostelería, los servicios y el sector público, no ofrece grandes subidas salariales. Sin embargo, los precios de la mayoría de los productos y de los suministros necesarios para la actividad cotidiana evolucionan igual que en el resto del país.
Uno de los cambios más visibles se produce en la vivienda. Aunque Ourense sigue siendo más asequible que las grandes ciudades -incluso en Galicia-, el alquiler ha aumentado en los últimos años y la oferta disponible es también cada vez más limitada. Para muchos jóvenes, trabajadores con ingresos medios o, simplemente, personas que buscan independizarse, encontrar un piso a un precio razonable resulta cada vez más complicado.
A esta presión se suma el impacto añadido sobre el pequeño comercio y la hostelería que, como es bien sabido, son pilares esenciales de nuestra economía local. Para ellos, los costes de electricidad, materias primas, transporte o alquiler de locales continúan elevados, obligándoles a ajustar precios o a trabajar con márgenes más reducidos. Al mismo tiempo, los clientes gastan con más cautela, lo que crea un equilibrio frágil para muchos negocios.
El cambio también se percibe en los hábitos cotidianos. Se comparan más precios, se buscan mejores ofertas, se reducen algunos gastos en ocio y se planifican más las compras. Muchas familias han adoptado una forma de consumo más prudente, pero no por elección propia, sino obligadas por la necesidad de mantener el equilibrio en sus cuentas. La otrora amplia clase media evoluciona hacia la media-baja, en el mejor de los casos.
La paradoja es evidente. Los indicadores económicos hablan de estabilidad, el empleo se mantiene y no hay señales de una crisis generalizada. Sin embargo, en territorios con menor crecimiento económico, como Ourense, la mejora se percibe con más lentitud y la sensación de vulnerabilidad sigue presente. La inflación quizás ha dejado de ser una emergencia, pero sus efectos permanecen en el día a día.
El verdadero reto ahora no es solo conseguir que los precios suban menos, cuando no que se mantengan; sino que el poder adquisitivo se recupere y que la economía local gane dinamismo. Porque, en ciudades como la nuestra, la situación económica no se mide por datos macroeconómicos, sino por algo mucho más cercano, como es la tranquilidad de poder llegar a fin de mes. Pero, ya se sabe: después del carnaval, llega el tiempo de Cuaresma.
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