Blackbird

Isaac Pedrouzo
Isaac Pedrouzo | La Región

Al principio pensé que era un guardia de tráfico. Casi había amanecido y mi calle es arteria secundaria de camiones y furgonetas. De todo tipo de tráfico.

La casa negra, al final, nunca cesa en su actividad.

Escuché como el guardia daba órdenes a través de su silbato sin orden ni ritmo coherente. Estaba tan desorganizado que pude volver a dormirme de nuevo. De esos sueños de diez minutos. De babas en la almohada. De pesadillas encogidas.

Yo seguía sin subir la persiana. Porque deja entrar la luz adecuada para remolonear. Porque cuando la persiana sube, el día empieza. Y hay días en que valdría más no salir de la cama

A las 8 ya se escuchaban los desayunos en la terraza del Prisma. Que si Pedro, que si Jude, que, por favor, en los periódicos digan que el diésel va a volver. Yo seguía sin subir la persiana. Porque deja entrar la luz adecuada para remolonear. Porque cuando la persiana sube, el día empieza. Y hay días en que valdría más no salir de la cama.

Desde la ducha no se escuchaba nada. Solo el “Blackbird” en el teléfono apoyado sobre el lavabo sin lavar. Con los lamparones de la pasta de dientes. Blackbird singing in the dead of night, take these broken wings and learn to fly, all your life.

Me di cuenta en la segunda estrofa que todavía tenía las gafas puestas. Como si formase parte inherente de mi cuerpo. Como las manos. Como los tartamudeos. No me las quité porque así se lavan mejor, supongo, o porque me hace gracia como las gotas de agua disputan carreras sobre el cristal.

En la cocina los chiflidos seguían a ritmo discontinuo. Dos por aquí dos por allá. Y en un momento, sin darme cuenta, hicieron sintonía perfecta con el pitido final del microondas. El primero. Que la leche seguía sin estar caliente. También debería limpiar los estallidos de salsa de tomate del microondas.

Me quedé mirando a las pavías durante una cantidad de tiempo ilimitado. La monstera no ha dejado de crecer desde el primer día. Lúa maulló entre dos de los silbidos del guardia porque estos últimos días está comiendo de más. Bebiendo de menos. En el despacho ya había más de veinte grados. Leo no quiso salir al balcón y se limitaba a frotar su cuello con mis calcetines blancos.

En la acera de enfrente, muchas persianas bajadas. De los estudiantes que volvieron a casa. Justo debajo en uno de los extremos del banco público de madera, una señora tomaba el fresco agarrada al carrito de la compra. Mirando nada. Esperando a que el Spar abra. En el extremo opuesto un adolescente observaba el móvil. Sin tocarlo. Pensando quién escribiría primero. En si responder al momento.

La plaza de aparcamiento de minusválidos estaba ocupada por un furgón de reparto. Y el guardia no aparecía por ninguna parte. Subí la calle, tanto, que el pitido se quedó detrás de mí. Me detuve al lado de un árbol, donde mea el perro cojo de color arena. Me agarré la zona lumbar con las manos, mirando hacia el cielo. Lo vi allí, entre las ramas. Un mirlo negro silbando como un guardia.

You were only waiting for this momento to arise.

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