En busca del perdón

Publicado: 13 jun 2026 - 01:50
Opinión en La Región
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La muerte es monógama: solo tiene una pareja que, en un proceso de fusión, se hermana con la vida. Quedan interrelacionadas en la inexistencia, donde solo el pensamiento de los otros mantiene los residuos modificados de lo que hemos de ser porque ya fuimos. En la nube oscura se amontonan las memorias inclasificables de los antropomorfistas, que renunciaron a la Nada con la esperanza de integrarse en el Todo. Negar la existencia de la “resurrección de la carne” es admitir que la única eternidad real es la inexistente en la memoria de la muerte. La huida de la vida, buscando una defunción no consciente, nos aboca a un fin sin final, vagando en un estado sin angustia, pero también sin el perdón liberador.

El Viejo Milenario ha pasado por momentos difíciles. Una forma de definir la angustia escapando de las palabras que producen dolor, es sembrándolas en el huerto del ego. Ha sido un “hermano en Cristo”, donde ha encontrado consuelo para su terrible destierro. Un hombre humilde, pero sabio; no cuestionó las creencias ni tampoco impuso las suyas. Fue algo sorprendente: el Verbo brotó del silencio y llegó la aceptación, serenamente, como en un exorcismo liberador que expulsó el mal sin fórmulas ni sortilegios. Todo surgió de la energía del perdón. No ha sido la mezcla de panteísmo, panenteísmo, cosmovisiones, unidad sagrada (el Uno - Todo), sino, en cualquier caso, rechazando la idea de un dios antropomórfico. La humanidad forma parte del Todo, y del Cristo Salvador florece el perdón.

Todo ha germinado, sin pensar, como en un torrente. Hemos visto al decimocuarto León, sereno, aparentemente ambiguo; pero en el fondo de su espíritu, un angustioso grito clama por el retorno del humanismo cristiano que, en una aparente retirada, está siendo sustituido por los enemigos del Hombre, que permanecían ocultos en las cloacas del mal, esperando la llegada de la Bestia. Y la Bestia ha llegado y mora entre nosotros.

En un incierto escenario, el Viejo respalda, sin temor alguno, la valentía del líder que pide perdón por los pecados de los suyos.

El odio muestra su poder cuando se exige la supremacía blanca y la muerte de inocentes encuentra en su Biblia la razón del “necesario” sacrificio de los enemigos de Israel. Dioses sanguinarios surgen de los corazones sedientos de riquezas. Beben en el rencor de una fiesta sin fin, donde Baal abreva en la misma copa que los mensajeros del nacionalcatolicismo de tan espantoso recuerdo.

El tejedor del manto protector ha sido sustituido por un hombre de paz. En un incierto escenario, el Viejo respalda, sin temor alguno, la valentía del líder que pide perdón por los pecados de los suyos. Mientras repite sin cesar la esencia del mensaje del Ungido: “Ama a tu hermano, como yo os he amado”. El rugido del León trasmite esta regla de oro, traduciéndola en todos los idiomas: “Nadie puede arrodillarse ante el Señor y después despreciar al hermano”. Teniendo ojos, no ven. Teniendo oídos, no oyen. Teniendo dinero, se condenan.

La ética socrática anida en el suspiro de quienes conservan el pensamiento crítico y no aceptan la “prioridad nacional”, pacto vergonzoso de quienes carecen de dignidad. Mientras, las masas enardecidas venden a Lázaro para satisfacer a Epulón.

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