Calor

Publicado: 07 jul 2026 - 01:05
Opinión en La Región
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Para evitar conflictos, que las palabras las carga el diablo, intento no utilizar conceptos sintéticos como ultraderecha, feminismo o cambio climático. Prefiero dar un rodeo, corto o largo, en función de la dureza del interlocutor, y hablar de Abascal y los suyos, la igualdad de derechos o el tremendo calor que nos aplasta. Con este pequeño desvío uno se evita dar por sentadas cosas que lo estuvieron siempre, pero que los nuevos tiempos han puesto en revisión, al menos entre determinados auditorios. El calor preocupa. No sé en qué grado la acción humana es capaz no ya de revertir esta sucesión de olas tremebundas de solazos, sino de contenerlas, al menos, en este nivel incómodamente soportable.

Nuestro tiempo, tan imbuido de las luces de la razón y la ciencia como verdad última y definitiva, se ha venido cocinando en el advenimiento de este presente deshidratado. Como hijos intelectuales de Rodríguez de la Fuente, Cousteau o Al Gore, aquel vicepresidente yanqui que anunció para 2016 la desaparición de las nieves en el Kilimanjaro, hemos tenido tiempo para asistir al regreso del lobo a nuestras sierras, de las ballenas a los océanos y a que el viejo Hemingway pudiera seguir escribiendo sus secos relatos al pie del monte, todavía nevado, del nordeste de Tanzania.

Así, el coche eléctrico, el aire acondicionado o la IA se han convertido en las nuevas bombas volantes que la asociación de clima atorrante y negocio creciente pone a disposición de los consumidores

La disputa en torno al clima está lejos de llegar a su clímax. Como toda guerra de posiciones que se precie, necesita incorporar nuevos elementos de confrontación que, aumentando la confusión, proporcionen el salto tecnológico que estos procesos impulsan. Así, el coche eléctrico, el aire acondicionado o la IA se han convertido en las nuevas bombas volantes que la asociación de clima atorrante y negocio creciente pone a disposición de los consumidores. Las descripciones técnicas de los nuevos coches movidos con electricidad son todavía hilarantes: autonomías ridículas, exagerados tiempos de recarga que emplearemos en deambular por las zonas comerciales de las estaciones de servicio y costes que solo los chinos parecen interesados en recortar. En cuanto al aire acondicionado, y mientras los fabricantes no dan abasto, se ha convertido en arma política arrojadiza: de los lepenistas en Francia, que piden su extensión climatizadora, y de los ecologistas que lo tachan de acelerador del cambio climático. Algo similar pero agravado, ocurre con los centros de IA que se disputan las comunidades autónomas. Aragón, que es un enorme secarral apenas atravesado por el hilo fluvial del Ebro, liderará en los próximos años la implantación de las megaplantas de tratamiento de datos, ejemplos supremos de grandes consumidores hídricos y exigencia energética.

En mi inclinación por los consensos y las soluciones locales, yo apelo a los árboles. En los próximos programas electorales municipales arrojarían magníficas sombras sobre otras promesas, caras y de imposible cumplimiento.

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