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Groenlandia está de moda, lo cual, para una isla helada, resulta toda una sorpresa tan grande como su tamaño. En realidad, Groenlandia, Noruega, Dinamarca y Suecia han formado un mosaico cuya configuración actual es resultado de derrotas militares, decisiones forzadas y compromisos pragmáticos. Para entenderlo, conviene retroceder varios siglos y recorrer un hilo histórico que va desde los vikingos hasta las guerras napoleónicas.
En la Edad Media, Groenlandia fue colonizada por vikingos procedentes de Islandia y quedó integrada en la esfera del Reino de Noruega. Durante siglos fue considerada territorio noruego, aunque vista como una posesión marginal. Cuando Noruega entró en unión dinástica con Dinamarca, en 1380, la gran isla gélida pasó a depender de una monarquía común gobernada desde Copenhague, aunque jurídicamente seguía siendo noruega.
La unión entre Dinamarca y Noruega duró más de cuatrocientos años y terminó abruptamente a comienzos del siglo XIX. Durante las guerras napoleónicas, Dinamarca intentó mantenerse neutral, pero el ataque británico a Copenhague en 1807 y la captura de su flota, la empujaron a aliarse con Napoleón. Una apuesta tan forzada como equivocada, pues cuando el emperador francés cayó, Dinamarca se encontró en el bando derrotado.
Lo importante no es tanto explotarlos ahora como determinar quién tendrá capacidad de hacerlo más adelante.
Suecia, al contrario, supo situarse bien. El país, que ya había perdido Finlandia frente a Rusia, en 1809, ansiaba una compensación territorial y posó sus ojos en Noruega. Las potencias vencedoras -en particular, Gran Bretaña- compartieron esa lógica, obligando a Dinamarca a ceder Noruega a Suecia, por el Tratado de Kiel. No fue una negociación entre iguales, sino una imposición derivada de la derrota militar danesa.
Así, Dinamarca cedió Noruega, mientras Suecia, posicionada con los vencedores, ganó su unión con Noruega -que luego perdió- y Groenlandia quedó como herencia inesperada para los daneses; logrando en 2009 un régimen de autonomía reforzada, con derecho a decidir su independencia en un futuro donde se ha cruzado Donald Trump. Por ello, cabe preguntarse por el afán del presidente de Estados Unidos por hacerse con ese territorio.
A bote pronto, surgen tres razones básicas. La primera es el interés en los recursos naturales del lugar -tierras raras, minerales estratégicos, potencial energético-, aunque no parece el factor más decisivo. Lo importante no es tanto explotarlos ahora como determinar quién tendrá capacidad de hacerlo más adelante. Es entonces su mera existencia lo que convierte al territorio donde se encuentran en un activo geopolítico de largo plazo.
La segunda razón es la que el propio Trump ha reconocido: Groenlandia es el punto más sólido y estable del flanco ártico occidental. Desde la Guerra Fría, su utilidad principal es la vigilancia y la alerta temprana, hoy amplificadas por un entorno internacional más inestable. Rusia ha reforzado su presencia militar en la región, mientras China busca influencia científica, económica y política. Groenlandia importa por razones de seguridad.
Finalmente, tras el cambio en Venezuela, China ha incrementado sus importaciones de petróleo canadiense, a través de los oleoductos de Alberta, que desembocan en el Pacífico. Quizás la ruta del Ártico -deshielo mediante- ofrezca mañana una opción más viable. En suma: si pretendes dejar sin petróleo a tu principal competidor en el tablero internacional, no parece un disparate pensar en controlar Groenlandia. O Nigeria. O Irán. O, tras Venezuela, incluso… Canadá.
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