Jaime Noguerol
EL ÁNGULO INVERSO
“Canta, cabrón, canta”
EL ÁNGULO INVERSO
Miguel Ángel Aguilar pertenece a esa raza de periodistas que vivieron rabiosamente los últimos años del general ferrolano. Relataron después aquella transición, hoy contestada por algunos historiadores, un purasangre del periodismo. Qué generación aquella de los sesenta, Nativel Preciado, Raúl del Pozo, Rosa Montero, José María García supieron pronto que las noticias no estaban en la confortable redacción: había que ir a buscarlas a los bares.
Me entristeció ver que entre el abarrotado público que acudió al Foro La Región no había un solo joven. Los jóvenes piensan que Franco es de la época de los Reyes Católicos y mira tú, jovencito: dos meses antes de la muerte del general hubo cinco fusilados, tres en Madrid, uno en Burgos y otro en Barcelona.
Afirmó que el dictador comenzó fusilando a un legionario en Marruecos porque arrojó el rancho a un oficial y terminó su vida firmando “enterado” las últimas cinco penas de muerte.
Nos conmovió el veterano periodista. Allá en su mini blanco llegó al Hoyo de Manzanares para cubrir los fusilamientos para su periódico: “No nos dejaron entrar, desde un montículo cercano escuchamos la tanda de disparos; después vimos los cadáveres ensangrentados y los rudimentarios féretros por donde todavía resbalaba la sangre. Supe después que los miembros del pelotón temblaban como juncos, uno de ellos ni siquiera pudo encender un cigarro. Imagínate los gritos de las madres al recoger sus cadáveres”.
Todo esto lo cuenta Miguel Ángel Aguilar en su libro “No había costumbre. Crónica de la muerte de Franco”.
Afirmó que el dictador comenzó fusilando a un legionario en Marruecos porque arrojó el rancho a un oficial y terminó su vida firmando “enterado” las últimas cinco penas de muerte.
Matiza Aguilar acerca del “prestigio del terror”: es decir, crear un clima de miedo colectivo para perpetuarse en el poder.
No olvidemos que en aquellos días inquietantes todo el mundo pidió clemencia al ferrolano. El propio papa envió misivas suplicatorias. Todos los presidentes de gobierno europeos imploraban humanidad, escritores y premios Nobel también.
Nadie evitó que su fría mano firmase irrevocablemente las penas máximas.
Recuerdo ahora a Antonio. Su padre fue conductor del general cuando venía al Pazo de Meirás. Ya escribí sobre él. Me contó que su padre había quedado muy decepcionado y que le sorprendió, sobre todo, el miedo que albergaba. Cuenta él que cuando iban a Madrid había un guardia civil cada seis o siete o metros, custodiándole durante todo el recorrido.
Nervioso, cada cierto tiempo le mandaba parar y el general cambiaba de automóvil subiendo una y otra vez al coche de algún escolta.
Mediados de los años setenta. Inevitable, viene a mi mente aquel pub de la calle Fernando VI de Madrid: Santa Bárbara
Era un oasis de la canalla izquierdista. Cielo santo, allí conocí a esa mujer valiente y combativa: Cristina Almeida, que no salía de Carabanchel de atender a tantos presos políticos. No solo ella, otros abogados, siempre comprometidos, que día sí y día no acudían a los tribunales. Vagamente, recuerdo allí, en una mesa del fondo, a Miguel Ángel, muy triste después de que cerraran y demolieran el Diario Madrid, donde inició su prolongada carrera.
Le dedicó el libro a sus nietos: “para que no den por garantizado lo que costó tanto conseguir”. Que lo sepas bien, jovencito.
(Aún me duelen las rodillas, estaba en el pub con el poeta Antonio Nieto. Cada cierto tiempo ocurría. Allá entran los guerreros de Cristo Rey con la bandera de la falange, bates de béisbol y algunas pistolas: “De pie todo el mundo, el que no cante el Cara al Sol lo va a pasar mal”. La primera vez, solo me sabía el primer estribillo. Me avergüenza un poco, pero como aquello era frecuente, me lo aprendí para defender mis rodillas).
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