A la inteligencia artificial se le ve el plumero

HISTORIAS INCRÍBLES

Publicado: 15 feb 2026 - 03:40
Opinión en La Región
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Convendrán conmigo que es una suerte estar vivos. Me gusta la IA, pero la pobre, que es tan lista, se equivocó en lo que decía el otro día. Mis amigos estremecieron porque al preguntar por mí, al escribir mi nombre, ella que hablaba adecuadamente de mi vida profesional o literaria, se equivocaba y decía que yo me había muerto.

Qué pena, decían mis amigos. Y yo me sentí, les confieso bastante perplejo. El bueno de un hombre, a quien no tenía el gusto de conocerlo, que llevaba mi nombre y primer apellido había sido atropellado en su bici en Santiago. Gran deportista, lo supongo, y le deseo lo mejor que creo que es el cielo. Aunque no coincidía conmigo el segundo apellido ni su edad, la IA lo reportó como auténtico.

Esa confusión de nombres y apellidos hizo que nuestra IA tan moderna, manejando gran volumen de información, entrenando algoritmos, se diese un testarazo y nos contase una mentirijilla informática de la que se hicieron eco, pese a mi humilde persona, algunos periódicos.

Mira que es hermoso eso de un cielo y un mundo nuevo, pero apegados estamos como humanos a este planeta viejo.

Prometo que me siento como esos que juran, en esas ECM, que si fallecemos seguimos viendo todo lo que pasa desde el techo. Tengo la seguridad de que ocurrirá un día, esa seguridad tenemos “mors certa et hora incerta”. Todos, uno a uno, nos iremos.

Aun sabiéndolo, les prometo que doy gracias a Dios por seguir vivo y mirando cómo el frío de este invierno convierte el agua de los ribazos en cristales preciosos, cómo el sol relampaguea al despertar la mañana, cuando se posa como pájaro amarillo e implume sobre la acacia de mi casa.

Me alegro, y cómo no hacerlo, de haber podido gozar con los besos de este pasado 14 de febrero. También con los besos de mis hijos que siempre me saben, a mermelada de fresas y a un revuelto de anacardos, gominolas, y pistachos blancos con un toque de membrillo. Con los abrazos de mis amigos cuando de chiripa empatamos el partido.

Mira que estoy bien lejos de la esperanza de la monja que escribía “muero porque no muero”. Pero si soy sincero y por el momento andar por aquí casi, casi, lo prefiero. Mira que es hermoso eso de un cielo y un mundo nuevo, pero apegados estamos como humanos a este planeta viejo.

Nos mirará el Señor, aquel día de la Ira, e iremos subiendo despacio, yo al menos. Al mirarnos sonreirá paternal y benévolo. Sabemos que no hemos sido tan santos, pero tenemos la esperanza de que nos aprobará con un cuatro y medio.

Yo, ni siquiera soy un pecador de tomo y lomo, de esos que pasan a la historia por su nivel de bellaquería, por tener pensamientos aviesos, y salir en los cuentos del Capitán Trueno. Mis pecados, que los tengo, son de clase media y en tal caso ni eso. Qué bien que no nos hayamos muerto.

A Dios le rogaré que me espere un ratito más si eso, que a la IA ya le he visto el plumero. Un poco más lo prefiero. Sólo soy un señor con gafitas y pantalones vaqueros. Con camisa a cuadros y un cuadernillo para fotografiar a vuela pluma a los mirlos, los gorriones o los jilgueros. Que le encanta suponer que el mundo va aumentando, aunque sea levemente, y en secreto, en solidaridad y respeto.

Veinte años más o menos, o que sean treinta y tantos... y prometo hacerme bueno.

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