Carmen Martín Gaite en Verín

TRIBUNA

Publicado: 02 oct 2025 - 03:43 Actualizado: 02 oct 2025 - 10:10

Casa Gaite, en Piñor
Casa Gaite, en Piñor

Este año se está celebrando el centenario del nacimiento de Carmen Martín Gaite (1925-2000). Es un buen momento para acercarse a la vida y obra de esta escritora, sin duda una de las figuras más sobresalientes de nuestra literatura en la segunda mitad del siglo XX. A los lectores gallegos, particularmente los ourensanos, les gustará saber que Carmiña mantuvo con Galicia una relación intensa y duradera que está siendo investigada a fondo desde hace más de veinte años por el profesor David González Couso, a cuyos libros remito sin dudar a todos aquellos que quieran saber más sobre este tema. En este contexto resulta oportuno recordar que la novelista visitó Verín en más de una ocasión. Las cosas sucedieron de este modo.

Carmen nació en Salamanca el 8 de diciembre de 1925. Era la segunda hija del matrimonio formado por José Martín López y María Gaite Veloso. El primero era vallisoletano, María era ourensana y había vivido en la aldea de San Lourenzo de Piñor, concello de Barbadás, pues allí su padre, Javier Gaite Lloves, tenía una casa que se conserva. En esa casa las niñas Anita y Carmiña pasaron algunos veranos durante su infancia y adolescencia. Fueron muy importantes para ellas las temporadas veraniegas en Piñor, hasta el punto de que en varias de sus novelas la autora recrea aquel paisaje poblado de árboles altos a los que se subían y de grandes peñas por las que trepaban.

Este largo párrafo de El cuarto de atrás expresa perfectamente todo lo que supuso para ambas aquel lugar que identificaban como el paraíso: “Mi hermana y yo teníamos una cocina de juguete bastante grande, uno de los últimos regalos de antes de la guerra, se enchufaba y se hacían comidas en un hornillo de verdad, nos la envidiaban todas las niñas. Aunque a las casitas, como se jugaba mejor era en verano, al aire libre, con niños del campo que no tenían juguetes y se las tenían que ingeniar para construírselos con frutos, piedras y palitos, y que, precisamente por eso, nunca se aburrían. Cogían una teja plana y decían “esto era un plato”, machacaban ladrillo y decían “esto era el pimentón”, y resultaba todo mucho más bonito, yo lo sentía así, pero cuando llegaba el invierno, me olvidaba y sucumbía a las exigencias de una industria que fomentaba el descontento y el afán de consumo”. La autora reconstruye desde la memoria el mundo edénico de aquellos veranos en la aldea de Piñor hace casi un siglo.

Una de aquellas rocas a las que subían los niños en Piñor es conocida como el Tangaraño o Penedo Vigón. A este enorme bolo granítico se le atribuían poderes curativos y por eso de él habló Xesús Taboada Chivite en su discurso de entrada en la Real Academia Galega, pronunciado en A Coruña el 20 de noviembre de 1965 bajo el título O culto das pedras no noroeste peninsular. Al referirse a las “pedras furadas” escribe el autor: “Perto da ermida de San Benito de Cova de Lobo (Ourense), lévanse os rapaces atacados de tangaraño ó Penedo Vigón. A nai pásalle a criatura á madriña alén do buraco, decindo: Señor San Benito/ meu fillo che traio/ doente cho deixo/ devólvemo sano”. A este ritual se sometía a los niños “atangarañados”, aquellos que presentaban síntomas de raquitismo. No es imposible que las hermanas Martín Gaite asistieran a la celebración de alguno de aquellos ritos de paso que procuraban restaurar la salud quebradiza de los pequeños.

Los padres de Carmen eran aficionados a visitar en verano algún balneario acompañados de sus hijas. Según testimonio de Ana María preferían los balnearios vascos: Cestona, Deva, Alzola. En este último discurre la historia de uno de los primeros relatos de la escritora, que precisamente lleva por título El balneario. Pero no fueron los únicos, pues aprovechando aquellos veranos en Piñor, la familia se acercó más de una vez a Verín. En alguna ocasión se hospedaron en el hotel del balneario de Cabreiroá, que había vuelto a abrir sus puertas tras la guerra. Una de ellas la recreó en la novela antes citada: “Recuerdo, sobre todo, una llegada, desde Orense, al balneario de Cabreiroá en Verín. Llegamos en un coche de alquiler, hacía calor y en lo alto se veía el castillo de Monterrey, envuelto en nubes rojizas; era el verano del cuarenta y cuatro, yo acababa de aprobar primero de Filosofía y Letras. Nos metimos por un parque muy frondoso, nos apeamos frente a la fachada del balneario, me quedé mirándola inmóvil, con una intensa extrañeza”. La escritora era muy puntillosa en sus descripciones, así que debemos dar a sus palabras un alto grado de veracidad.

Otros años pasaron su estancia verinense en casa del médico odontólogo José García Méndez, situada en O Rosal de Oímbra. Por la información que amablemente nos facilitó Gemma García Delgado, nieta de José García y actual propietaria de la casa, sabemos que la razón de ello fue no solo el parentesco lejano que existía entre ambas familias, sino, sobre todo, la sincera y perenne amistad que habían forjado su abuelo y José Martín durante los años que habían coincidido en Salamanca.

Lo más interesante de este párrafo de El cuarto de atrás es que en él están presentes el balneario y el castillo, que no son solamente lugares físicos sino también espacios simbólicos. No resulta descabellado decir que para la autora el primero es la imagen misma del laberinto, con sus largos pasillos por los que se puede uno extraviar, allí donde acechan lo imprevisible, la incertidumbre y el azar que hay en la vida de cada uno. El segundo, con su presencia imponente en el paisaje y su sólida fábrica de piedra, alude por contra a la seguridad, siempre esquiva, que desearíamos tener en nuestra menesterosa existencia. “Hay que elegir entre perderse y defenderse”, le dice el interlocutor a la autora en esa novela. En su literatura ella se atrevió a entrar en el laberinto, pues la vida le dio buenos motivos para hacerlo: junto a los numerosos premios literarios le deparó también algunas tragedias insuperables. En una de sus últimas novelas, una profesora de gafitas, pelo liso y tocada con boina, llamada Rosario -¿un álter ego?-, confiesa a sus alumnos: “Para mí, si quieren que les diga la verdad, lo raro es vivir”. Carmiña había comenzado a intuirlo cuando era una niña, trepando por las peñas de Piñor, y a comprenderlo algo más tarde, frente a la fachada del hotel de Cabreiroá en el verano de 1944. Dejaría constancia de aquella extrañeza diez años después en su novela corta El balneario, premio Café Gijón en 1954. Ese fue el comienzo de la fecunda carrera literaria de Carmen Martín Gaite, una mujer que prefirió el balneario al castillo, pues a la postre “ningún refugio vale de nada”.

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