Gonzalo Iglesias Sueiro
O neno e as superestruturas
El nuevo Gobierno lleva una semana de actividad y al menos cuatro sin vivires, lo que sitúa su cuota de exigencia en niveles muy altos. El nuevo ministro de Cultura ya ha tomado posesión de su despacho posicionándose de paso muy contrario al comportamiento del Real Madrid en el conflicto de Lopetegui -lo que no ha debido hacer ni la menor gracia a un tipo tan poderoso como Florentino al que más convendría tener como amigo en cuestiones de largo recorrido como me temo le tocan al ministro- y Borrell ya ha tenido que advertir que la admisión del barco cargado de emigrantes sin rumbo ni patria es una decisión humanitaria pero es también una excepción no se vaya a creer Europa que todo el monte es orégano. Borrell, que es hombre de talante y sentido común, sabe muy bien que la actuación del Gobierno español recién cesado no ha sido tan detestable en materia de emigración y que España es uno de los países más solidarios y comprometidos con la causa emigrante invirtiendo mucho tiempo, mucho dinero, mucho abnegado personal de la Administración y mucho esfuerzo político en tratar con decoro, respeto y generosos medios a los miles de navegantes de patera que se acercan desesperados a nuestras costas del sur de España. Borrell… o Susana Díaz, por ejemplo, tienen una perspectiva mucho más real de la situación que aquellos que solo manejan el fondo poético, y al primero de ellos le va a corresponder no solo neutralizar la estrategia de los independentistas catalanes por Europa, sino convencer a esa misma Europa de que el auxilio a la emigración somos todos y hay que pechar cada cuál con su cuota parte que diría Felipe González. En esta semana de estreno en la que ha pasado de casi todo, a Pedro Sánchez le ha explotado encima de la mesa su primera crisis ministerial que le devuelve a la fuerza al mundo de las crudas realidades, y advierte de paso que la herramienta del buen rollo es una herramienta perfectamente lícita pero peligrosa, porque si el efecto es solo pasajero las carrozas se vuelven calabazas y los caballos ratones. Supongo que eso lo sabe el presidente y deberá calibrar con prudencia el esfuerzo y vender el humo estrictamente indispensable. Huerta ya es historia y sin concertinas hará falta doblar el personal para vigilar la verja. La difícil realidad manda.
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