Carlos Risco
LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ
La casa acorralada de civilización
LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ
Los vivideros son como glaciares. Mientras caen por la ladera van acarreando rocas y sedimentos despaciosamente, en una procesión silenciosa, la del pequeño tiempo que nos toca vivir en ellos. En esa corriente enorme bajan todos de pasado de diferente pelaje. Una masa múltiple de diferentes materiales de arrastre, piezas antiguas, sillares artesanos, carpinterías contemporáneas, cables ponzoñosos cruzafachadas, adoquines históricos sepultados por capas de chapapote. Este es el hermoso reciclaje de la vida, cuando uno comprende en vistazos rápidos que lo de hacer campamento, fundar un lugar de habitación, es también abrir el corazón a todos los siguientes y los siguientes de los siguientes, que harán y desharán, trastocarán y mezclarán lo nuevo con lo viejo en una forma nueva. Y que a eso le llamarán futuro.
Lo que más duele es la ciudad a medio matar. Aquello que sobrevive amputado. A lo que le han robado aquello que les daba significado
Esto es un enfoque posibilista, también de consuelo, porque cuando esos moradores siguientes no tienen respeto ni amor ni comprensión a lo que dejaron los de antes, el espacio urbano queda secuestrado y maltratado. Esto es más evidente en la cosa del desarrollo, la apertura de calles y las reformas ambiciosas (desconfiemos siempre de toda ambición y de aquellos que pretenden reformar tanto, porque sus sueños para la ciudad -que son en realidad para sí mismos- tienen mucho de pesadilla colectiva). En esas acciones que no acaban de desmembrar a lo de abajo quedan en la superficie casitas y edificios resistentes a los que se roba todo el contexto: chalecitos embutidos entre edificios siniestros, viejas alamedas convertidas en carreteras, caminitos entre las huertas desdentados donde ahora sale un edificio paleto o el clásico chalé-frankenstein autoconstruido. Es decir, que lo que más duele es la ciudad a medio matar. Aquello que sobrevive amputado. A lo que le han robado aquello que les daba significado.
En la esquina de Celso Emilio Ferreiro con Ramón Cabanillas, en lo que un día fueron afueras y hoy es parte del horror general está esa casa con jardín-huerto completamente ninguneada por los que han venido después. Es de principios del siglo XX, construida en piedra morena del país, con una hermosa fachada que se muestra sin abusar y un balcón discreto en hierro muy hermoso, como de quilla de barco. Todo su lado izquierdo son sillares corridos, sin ventanas, suponemos que cuando se abrió la calle compartía lugar con otra casa parecida y que quizá pensarían que este chalecito sería pronto amigo de la piqueta. Pero ahí resiste. Con su jardín trasero, del que sale orgullosa una gran araucaria que recuerda al pobre habitante de la Auria talada que toda naturaleza es jardín y que los jardines son los rescatadores de nuestras pequeñas almas. Esta casa, que rescata a todo aquel que la mire (llaman tantísimo la atención sus puertas de acceso tan hermosas, historicistas, artesanas, con casetones y rejería irrepetibles), está, como tantas otras, pidiendo auxilio. Las reformas miopes de las aceras la han dejado enterrada en el suelo y supongo que sus dueños (y otros tantos vecinos) se habrán dado más de un traspiés con lo imposible de sus accesos. Abusos constantes, como si le dijesen que esta casa y este jardín sobran. Que su tiempo ha pasado. Que su destino es desaparecer para construir otro de esos tormentos clónicos. Pero ahí resiste. La hacen resistir. Y con su presencia y su solar ajardinado rescatan al resto de la ciudad. Es como un edificio-altar, un testigo de la hermosura pasada que, aún a codazos, sigue insistiendo en estar aquí. Nos recuerda a todos que Auria fue una vez hermosa y que, quizá, no todo esté tan perdido. Otros vendrán e intentarán darle aquella verdad robada.
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