El descanso de no hacer nada

Publicado: 08 jul 2026 - 05:55
Opinión en La Región
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P ara un currante de la actualidad, como es el caso, hay un placer veraniego inconfesable que cura el estrés y recarga la batería de la esperanza. Confieso que redescubrir Galicia cada año de Lugo a Ourense, de A Coruña a Pontevedra, de Mosteiro (Pol) a Sanxenxo es una tarea que revitaliza y estimula la persistencia del periodista con raíces inequívocas. Hasta escapar al extranjero seis días y cinco noches con desayuno y traslado al hotel y sin cobertura de la “ley de nietos” repara el hartazgo diario del espacio-tiempo al que estamos sometidos.

A mí me gusta perderme en las grandes superficies, esas catedrales donde entras limpio y sales manchado por la tentación de las rebajas

Pero, sobre todo, donde este aventurero del periodismo verdaderamente alcanza la plenitud del relax es paseando entre gente desconocida y escaparates tentadores por los templos del ocio consumista. A mí me gusta perderme en las grandes superficies, esas catedrales donde entras limpio y sales manchado por la tentación de las rebajas. Si alguien esperaba que mi día de verano ideal sería leer “La metamorfosis” de Kafka o las últimas novelas de María Dueñas y Eduardo Mendoza a la sombra de un castaño centenario gallego, queda claro que estaba equivocado. Si alguno de los lectores pensaba en mí como carne de sombrilla y tumbona en el Silgar, Riazor o la Mariña lucense se ha lucido. Ni siquiera un partido del mundial te enseña tanto como sentarte en una esquina discreta de una de esas catedrales del consumo a observar la condición humana de distinto pelaje y procedencia.

No hacer nada es lo más, por encima de lo disfrutón y satisfactorio, cuando llevas años en el tajo de la noticia. Vaguear entre pasillos petados de gente con aire acondicionado a 22 grados y carteles de ofertas sin caer en la trampa de creerte el saldo de la compra es algo portentoso, sólo equiparable en cuestión de emociones a un día en la vida del “one”, una noche en la celda de Ábalos o una tensa declaración de Begoña ante el juez Peinado.

Reconozco mi bajeza por tener tan escasas pretensiones, rayanas con la simpleza del holgazán, intensamente implicadas en el asueto de reojo, liberticida afición a la vaguería periódica, una especie de absentismo laboral sujeto a ley que cura el alma y la adicción laboral, que previene del excesivo culto al trabajo y de paso te blinda bajo esa libertad individual tan inalcanzable de no tener horarios ni obligaciones más allá de ti mismo y la familia.

Hace un año que mi madre Argimira nos dejó cansada de pelear con la vejez, de modo que, junto a la militancia pagana de haragán y perezoso, coloco como día de verano ideal la visita con flores para interrumpir con algunas palabras lagrimosas el merecido descanso eterno de ella y de mi padre Antonio. Ese es el otro momento de conexión con las raíces y la sangre que reconforta en el descanso veraniego. El aspecto humano e interior forma parte de la reconciliación con uno mismo, equiparable al rezo del creyente para hacerte perdonar las blasfemias del pecador. Y para completar la curación del alma, no puede haber un verano ideal sin un día con pulpo a feira, una modesta mariscada o unos cachelos pasados por la sartén con huevos fritos de la tierra que despiertan los sentidos del recuerdo a base de los sabores tradicionales del pasado.

No hay mejor manjar ni mejor día de verano ideal que no privarte de un postre comedido, de un paseo por el mercadillo de feria y playa o de un paseo en bici en el atardecer perfumado de la naturaleza. Eso sí, cada vez con menos cuestas y más llano, porque de lo contrario te expones a perecer en el intento y a someterte a la analítica de septiembre en la que aparece de todo menos la dimisión “in vigilando”. Como aquel niño que emigró en una DKW para lograr un futuro junto a sus padres, los ojos se ensanchan y abren a la vida cuando contemplas todo ese viejo mundo nuevo. Y ese mundo rutinario de quietud que te acompaña en la monotonía diaria se transforma en un apasionante escaparate de oportunidades en ese día de verano ideal en el que despiertas libre, sin las obligaciones que te someten habitualmente. Esa sensación de oxígeno y libertad es la que permite seguir adelante cuando, transcurridas las vacaciones, vuelves a la monotonía del hábito y la costumbre, al automatismo robótico que poco a poco te convierte en jubilado hasta el ocaso de la vida.

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